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POEMAS DE TOMAS TRANSTRÖMER
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POEMAS
Epílogo
Diciembre. Suecia es un extenuado
barco en tierra. Contra el cielo de anochecer,
sus ásperos mástiles. Y el anochecer dura más
que el día – el camino que conduce hasta aquí
es pedregoso:
recién a la hora de la cena llega la luz
y el coliseo del invierno se levanta,
iluminado desde nubes irreales.. Entonces sube
de pronto el humo blanco vertiginoso
de los pueblos. Infinitamente altas están las nubes.
En las raíces del árbol del cielo hurga el mar,
distraído, como escuchando algo.
(Invisible pasa un pájaro sobre la parte oscura,
retraída del alma, despertando
a los durmientes con sus gritos. Así gira
el refractor, atrapa otra época
y ya es verano: muge la montaña, hinchada
de luz y el arroyo levanta el brillo del sol
con mano transparente… Todo desaparece luego
como cuando se corta la película en la oscuridad.)
Ahora quema la estrella de la tarde la nube.
Árboles, patios traseros y casas se amplían, crecen
en la avalancha silenciosa de la noche que cae.
Y bajo la estrella se revela más y más
el otro, el oculto paisaje que vive
vida de silueta en la chapa radiográfica de la noche.
Una sombra lleva su trineo entre las casas.
Ellas esperan.
A las
18.00 llega el viento
y galopa ruidoso en la calle del pueblo,
en la oscuridad, como una caballería. ¡Cómo
la negra inquietud actúa y se desvanece!
En danza inmóvil están las casas presas,
en este zumbido que se parece al sueño. Uno y otro
golpe de viento vaga sobre la bahía, lejos
hacia el mar abierto que se arroja en la noche.
En el espacio flamean las estrellas desesperadas.
Se encienden y se apagan por nubes que van volando,
que sólo cuando anochece la luz elimina
su existencia, como las nubes del pasado
que cazan en las
EL
CIELO A MEDIO HACER
El desaliento
interrumpe su curso.
La angustia interrumpe su curso.
El buitre interrumpe su vuelo.
La luz tenaz se derrama,
hasta los fantasmas se toman un trago.
Y nuestros cuadros se hacen visibles,
rojos animales de ateliés de la Edad del Hielo.
Todo comienza a dar vueltas.
Somos cientos los que andamos al sol.
Cada persona es una puerta entreabierta
que lleva a una habitación para todos.
La tierra infinita bajo nosotros.
El agua brilla entre los árboles.
La laguna es una ventana a la tierra.
LA CASA DEL DOLOR DE CABEZA
(inédito en libro)
Me desperté
en el mismo centro del dolor de cabeza. El dolor de cabeza es el lugar
donde debo permanecer y por esto me he quedado sin recursos para pagar
alquiler en ningún otro lado. Me duele tanto el cabello que
se está volviendo canoso. Duele dentro del nudo gordiano, el
cerebro, eso que desea tántas cosas, en diferentes direcciones.
El dolor es una medialuna que cuelga medio dormida en el cielo celeste,
el color desaparece del rostro, la nariz señala hacia abajo,
toda la vara del zahorí se tuerce hacia abajo, hacia la corriente
subterránea: el dolor. Me he mudado a una casa que fue construida
en lugar erróneo, hay un polo magnético casi debajo
de la cama, casi bajo la almohada y cuando el tiempo cambió,
encima de la cama, hubo un corto circuito. Una vez tras otra intento
imaginarme que un enorme cascanueces pellizca con un agarrón
milagroso de las vértebras del cuello, algo que de una vez
para siempre enderezará la vida. A propósito, no sólo
hay dolor en mi cabeza privada. El mal se relaciona, entre otras cosas,
con las negociaciones de paz en París que se han “malogrado”
y la expresión “malogrado” se proyecta en la pantalla
de aquí dentro. También duele porque las cartas quedan
sin responder,
porque ayer estaba enojado, porque uno derriba la vieja y fea casa
para construir una más fea aún. Pero la casa del Dolor
de Cabeza no está madura para ser eliminada. Antes tendré
que vivir allí una hora, dos horas, medio día. Antes
dije que era un lugar, luego he cambiado diciendo que es una casa,
pero la pregunta es si no será una ciudad entera. El tráfico
se desliza implacablemente lento. Los diarios aparecen. Un teléfono
suena.