Melipulli
mon amour
En la ciudad de
Puerto Montt (cuyo bello nombre indígena fuese una vez Melipulli),
región chilena de Los Lagos, desde hace casi veinte años,
se realiza un festival llamado ARCOIRIS DE POESÍA. Con muy
pocos recursos (apoyo de la Universidad de los Lagos, de Coca-cola,
de un hotel de la ciudad, de la Municipalidad de Puerto Montt, del
diario local El Llanquihue, de la simultánea Feria del Libro)
y bajo impulso y dirección de un poeta puertomontino, Nelson
Navarro Cendoya, se reúnen en la ciudad durante tres días
poetas de todo Chile. ARCOIRIS cubre generosamente pasajes y estadías
de los visitantes. Este año invitaron también a un poeta
oriental (que residía en Suecia) a que presentara su nuevo
libro, una traducción del sueco Tomas Tranströmer titulado
Góndola fúnebre editado por Ediciones LAR (Literatura
Americana Reunida) de Concepción, que dirige el poeta Omar
Lara (que residía en Rumania y España). La combinatoria
dio un resultado feliz, sobre todo como contacto de Uruguay con este
país en el que la poesía es una expresión colectiva
cuyos afluentes se subdividen en estilos, edades, grupos, inquietudes,
sexos, largos de pelo, actitudes políticas... La búsqueda,
la polémica, el análisis más o menos racional,
el chisme, los celos, el afán de inmortalidad del poeta, el
rumor, la indiferencia metafísica, el libelo, los generosos
recursos que el Estado chileno destina a las artes, etc., son los
ingredientes naturales de un proceso poético que se apoya en
esos pilares mayores que se llaman Vicente Huidobro, Gabriela Mistral,
Pablo de Rokha, Pablo Neruda, Nicanor Parra, Eduardo Anguita, Armando
Uribe Arce, Jorge Teillier, Juan Cameron, Raúl Zurita... Como
una larguísima lengua de fósforo, la pasión de
la poesía recorre Chile de punta a punta. ARCOIRIS DE POESÍA
es solamente uno entre decenas de festivales de poesía anuales,
de Norte a Sur... La poesía, en Chile, no es engolamiento pero
tampoco gazmoñería ni adorno civil ni tema de profesores
secundarios, como muchas veces lo es en nuestro país. ¿Acaso
nos falta historia? No tenemos a un Neruda cruzando la cordillera
a caballo, perseguido y clandestino, ni tenemos a un Zurita echándose
espectacularmente ácido en los ojos, ni a un Juan Luis Martínez
enterrando la literatura universal desde Villa Alemana, es cierto.
Pero tenemos a un Roberto de las Carreras batiéndose a duelo
(apadrinado por Julio Herrera y Reissig y Florencio Sánchez)
por el honor de una mujer, tenemos a una Safo criolla como Delmira
Agustini, truncada trágicamente por la vida y el arte, tenemos
a un Conde de Lautréamont fundando tal vez la vanguardia de
vanguardias, tenemos a un Clemente Padín desarrollando un gesto
prolongado y total frente a la poesía, a una reina vegetal
y druida como Marosa di Giorgio, tenemos a un Héctor Bardanca
y Héctor Guichón en virtual duelo a facón en
el escenario, a un tal Lalo Barrubia que se ha jugado a una performance
que deja a más de uno boquiabierto. Y tenemos mucho más
que esto. ¿Qué nos falta? Creérnosla. Y este
artículo está escrito para contribuir a que algún
día los orientales creamos en la fuerza y la magia de la poesía,
porque es la pura verdá.
ARCOIRIS conoció
los terribles años de la dictadura pinochetista (se inició
bajo ella), y la poesía y el festival siguieron siendo un arco
de resistencia a la barbarie y la injusticia y ahora, cuando nos reunimos
en el Sur de Chile, el caso Pinochet ni siquiera se menciona. Los
temas son otros, más urgentes, más vitales. Por ejemplo:
”Regálame tu libro que yo te doy el mío”.
Los grupos de jóvenes, nucleados en torno a talleres, realizan
sus primeros intentos en la performance. Llegan Juan Cameron (Valparaíso),
el bilingüe Elicura Chihuailaf (mapuche deTemuco), José
Angel Cuevas y Javier Bello (Santiago), Rosabetty Muñoz (Ancud),
Andrónico Higueras (Valdivia), Omar Lara (Concepción),
Mónica Jensen, Harry Vollmer Cáceres y Ernesto Massiglio
(Puerto Montt), entre muchísimos más. El señor
alcalde Raúl Blanco Watson inaugura solemne pero brevemente
el festival y da la mano a cada uno de los invitados. Se entregan
los premios a jóvenes escritoras de la ciudad, aportado por
una empresa de construcción local... Todos leemos ante un público
que sin ser multitudinario resulta increíblemente atento, exigente,
cálido, cordial, curioso. Los espacios de lectura son generosos
y hasta tememos aburrir... Pero piden más. También leemos
en la Feria del Libro, montada en una sencilla carpa en medio de la
ciudad. Leí el poema ÁRBOL (ver Insomnia Nº 98)
y textos de Tranströmer.
Antes escribí
que nuestras Tertulias Lunáticas del Cabildo deberían
convertirse en algo permanente, para empezar. Y, pensemos en más
festivales. En cada ciudad, en cada pueblo y en cada caserío
hay poetas más o menos ocultos capaces de sostenerlos.
Y como cierre
de estos días de pasión sosegada y lluvia intermitente
y temperaturas sureñas (Puerto Montt está a 850 kms.
al sur de Santiago) leemos para los que pasan desde el palafito, que
es una construcción que está junto al mercado de pescado
y marisco llamado Angelmó, frente al islote de Tenglo. Lectura
maratónica, regada por vino y pisco y salmón y cholgas
y erizos y choros y picorocos y empanadas de marisco y paila marina
y mariscal y curanto, todo bajo un aguacero de limón... y luego,
acompañados de un guitarrero de la zona apellidado Montt (aparentemente
el dueño de la ciudad) cuya fisonomía remite inmediatamente
al Polaco Goyeneche, guitarreamos. La música de Chile, Argentina,
Perú, Ecuador, Uruguay, Paraguay, Colombia, Cuba es una misma
música. Tocamos y cantamos hasta avanzadas horas... bajo la
lluvia intermitente... la guitarra se humedece... ”Y en Uruguay,
¿hay vino?” me pregunta el Sr. Montt. ”Sí,
p’ “, me afirmé,”y bastante bueno, oiga”.
“¿Pero como el chileno?” “Como el chileno
no hay”, mentí. “Pero este mar es helado, Sr. Montt”,
me quejé. “Helaíto como el vinito blanco”,
susurró Montt, y se fue silbando una tonada. Días después
lo encontramos en nuestro punto de reunión habitual: “La
gran papa”. Pero ya no nos cantó tanto.
Cuando se llega
al límite de una ciudad –por grande que ésta sea-
comienza el campo, el bosque, la montaña, la planicie o la
pradera. Como Melipulli es pequeña, el campo comienza casi
inmediatamente. Por allí anduve. No sólo en el campo,
donde, en espera de repatriación, pastaban las vacas uruguayas
cuyo barco escoró recientemente frente a estas costas, sino
también en el bosque sureño con su musgo como un colchón
que cubre todo el contorno, allí donde es grato yacer abrazado
a la amada. No sé por qué, pero esta naturaleza lluviosa
en donde reinan la araucaria y el alerce -árbol milenario del
que está hecha la mitad de Melipulli- la imagino al caer al
otoño. Me pregunto si el follaje de los árboles adquiere
los tonos rojizos y amarillentos y naranjas y ocres y lilas con los
que fantaseo, porque conozco el otoño nórdico e imagino
que algo tendrá de parecido con algo que, en mi infinita ignorancia,
creo conocer. Pero para no romper el encantamiento, no pregunté
a nadie por este misterio.
Roberto Mascaró
(octubre de 1999)