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Los poetas: ¿Humillados? ¿Por qué?


De adolescentes, en las siestas ardientes de Las Toscas leíamos Rubén Darío, ese príncipe en cuyas venas corrió seguramente alguna gota de sangre indígena, que lo hacía doblemente príncipe. Y lo releíamos en Paysandú, ciudad que visitara en su juventud y donde dejase memoria. Pedrería, malabares y fascinación de la lengua castellana que, revirtiendo el proceso, hizo eco y mella en la península árida y arisca de principios del siglo (pasado). El Modernismo americano, piedra fundacional de la poesía. Y los otros príncipes y princesas, más nuestros, más cercanos, pero no por esto menos fundacionales: Julio Herrera y Reissig, el dandy criollo, Delmira Agustini, la mina fatal que nos despertara el ansia masoquista más sublime.

Y más tarde, desordenadamente, al papi Walt Whitman, verdadero semental del poema, desordenado, pichi, chongo, rebelde, vagabundo, linyera, homeless de New York, fundador. Y nuestro francesito, Lautréamont, Isidore Ducasse, nuestro y de las vanguardias de todo el mundo. Y Laforgue y Supervielle, los que regalamos a Francia.Y luego Vallejo, el dinamitero bueno, chamán de la palabra, maestro del exilio. Huidobro, mago y conjurador altísimo, con su cúpula Altazor. Y Neruda, el sacerdote de Macchu Picchu, el justiciero, el amante gordo y superabundante. Pero también el gran Pablo de Rokha, piedra de la poesía. Y Lezama Lima, el lince extraño, poeta impasible y caudal, abriendo cauces hondos en la poesía americana. Y Girondo, Y Paz. Y Borges. Y dale y dale. Como venía, a cualquier hora, en todos los órdenes y en todos los sentidos. Los grandes y los medianos y los chicos. Y también Lorca y Cernuda y Aleixandre y todos los españoles que llegaban a nuestras manos. Y todos Los que encontramos, en traducción y a veces en el original. Métale poesía. Y Gunnar Ekelöf; Tomas Tranströmer, Celan,
Pepe Hierro, Cavafis…Tristán Narvaja, esplendorosa ayer y también hoy: ¡Que no se les vaya a ocurrir edificar un Shopping-tube en esa calle!.

Ayer pasé por el Centro Comercial Punta Carretas, ese que han construído en el lugar de la vieja cárcel. No fue fácil encontrar una entrada, porque todo está hecho para llegar en auto, para sentirse un consumidor comme il faut: aislado del mundanal ruido del otrora agradable y apacible barrio Punta Carretas, barrio que ahora llaman Shopping. Me alegré de que las librerías fuesen abundantes, porque andaba en busca de poesía para regalar en Reyes. La amable dependiente me dijo: ¿Poesía nacional? Espere un momentito. Al rato apareció con una pequeña pila de finos volúmenes que más bien parecían viejos folletos de Ute o Antel. Esto es lo que tenemos por ahora. Y sonrió. Me quedé en un rincón hojeando el material. Por la delgadez de los volúmenes podría haberlos leído allí, bajo el aire acondicionado y rodeado del rumor de los abundantes consumidores que hormigueaban en los tres pisos de las instalaciones. Conozco personalmente a algunos de los poetas responsables de los textos: me los imaginé en su esfuerzo de décadas para seguir esas líneas de agua de vertiente que inauguraran Darío o Lezama, Los imaginé en húmedas bohardillas de juventud, en pensiones promiscuas, en eróticas playas de la Patria, en cafés brumosos, en sitios clandestinos, en los cursos del viejo IPA, en Humanidades, en actitudes bodelerianas, polemizando y acariciando gatos pulguientos, mangueando cigarros, fisurados o duros, exiliados y remotos, en ayunos forzados, en desalojos, en diversas pérdidas; los imaginé yirando à la Whitman o à la Ginsberg o à la Roberto de la Carreras por las calles del Puerto…

(Mientras escribo estas líneas escucho las últimas noticias de este 6 de enero: Diego Maradona sigue sido internado en Punta del Este con una sobredosis de cocaína. “Estamos buscando a los que suministraron la droga a Maradona. El consumo no está prohibido en Uruguay. Sólo el suministro”. Sin embargo, conozco poetas que fueron torturados por la policía uruguaya por sólo fumar marihuana; toruturados cobardemente en las salas de la “ley”. También esto han tenido que sufrir los poetas uruguayos, y han seguido creando).

Y todo para terminar editando estos delgados fascículos que acumulan polvo y que alguien recluye en estantes recónditos de librerías abstractas. “Sospecho que los libreros esconden nuestros libros a propósito”, me comenta un autor. Más que editados, humillados.¿Acaso no llegan a Uruguay ediciones de poesía de Europa o EEUU o de Chile o de México, para que los editores nacionales puedan copiar un poco lo bueno que se hace en otras partes? En poesía, como en todo en esta vida, hay que dignificar el soporte en que las cosas se brindan: diseño, calidad de papel, distribución. Si se convocase a un concurso de ediciones pobres, de diseño lamentable y aspecto lo menos atractivo posible, creo que se declararía desierto, porque cada uno de estos “libros” tiene un aspecto aún peor que el otro. Y cuando escribimos estas líneas somos muy conscientes y partícipes de la “crisis económica” pero también de la incapacidad empresarial de los editores de poesía en Uruguay, salvo contadísimas excepciones.
(No juzgamos a nadie. Simplemente denunciamos un síntoma que afecta la marcha de la poesía, de ese discurso que es siempre colectivo, fruto de la interacción, destilación de un grupo humano y jamás capricho de almas solitarias. Por esto el arte y la literatura deberían concernir a todos, no a un grupo de elegidos).

La dependienta se acercó, ya un poco nerviosa. Pregunté: ¿Tienen algo de Marosa di Giorgio? Por la cara que me puso comprendí que había pisado una fibra delicada. ¿O de Julio Herrera y Reissig?, y seguí, cruel: ¿Y Eduardo Milán? ¿Y Echavarren? ¿Algún poema-objeto de Clemente Padín? El rostro joven hizo un pucherito, y su boca se contrajo como un anito de gallina: ¿Quién? Sentí verguenza ajena, pero aventuré: ¿Y algo de Mascaró no tendrá por ahí? Y entonces la dependienta, ya con el universo a cuestas, negando con la cabeza amablemente, sonrió.

Roberto Mascaró