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El fantasma de la soledá

Recorriendo islas, viendo el mismo mar a los lados, pasando las franjas de campo por la ventanilla de un bus, navegando en la red, vacas pastando, cada una en lo suyo, entredormido en el asiento de un avión, perdido entre los brillos del tax-free, durmiendo en hoteles pulguientos, en habitaciones ocasionales en donde reina el caos, ofrecidas con bondad filial, las pantuflas que flotan por el piso, en departamentos de paredes heladas, la caja fuerte ha sido forzada con ayuda de cómplices, "el Patito es un rechucha ´e su madre", espacios reducidos, oye niñita te voy a llevar a ver la luna pastando en el mar, nichos apenas para boquear un cacho de aire, el olor dulzón de los cadáveres, un cigarrillo que arde en la noche, suenan los grillos, una ruidosa cumbia a lo lejos, el mar masajea el oído con su rumor y letanía eternos.
Todas las imágenes de la soledad se asocian a ficciones, a trozos de ficción: solo en la pieza, el gacho sobre el rostro, el mate y el tango son todo lo que me queda, tirao en la cama con los zapatos puestos, él se fue y ya no volverá, mi mejor amigo me traiciona, la mujer que yo quería con todo mi corazón, anclao en París,
dame un lugar en tu comarca, añoro Estambul, la chica aquella de Caballito, acodado en la barra del bar, el Paseo Colón, el Museo del Prado, el Prado a secas, Le Louvre, Port-Bou, la estación de Milán, la isla griega Zachintos, que una vez fue parte del reino de Odiseo.
Pero la soledad misma es ficción pura. Nadie está solo nunca, ni siquiera deseándolo. Claro que el solitario elige este estado, tal vez porque busca guapear absurdamente frente a un fantasma tan poderoso, que alimentó tanto arte, tanta literatura, tanta historia.
Son las diez. Todo va cerrando: hora de recogimiento. La noche de las islas, de las tierras quebradas se pone pegajosa, sucia, de un tono oscuro. Yo la amo pero. Las medidas de las veredas y de las calles y de los techos y de los alféizares y los de las cornisas y los de las vigas no son las mismas que las de otros países, pueblos y ciudades y barrios y cuadras y casas y cuartos y sillas y camas que conocí. El olor de sus calles no es el mismo que el olor de las calles de Paysandú. Aquí el chorizo uruguayo no se huele ni ha sido olido jamás. N´existe pas. Aunque sí difunda su olor en ciertas calles de Estocolmo, de Lyon.
La señora de los congrios ya se fue. Y la cecina de Llanquihue sabe dulzona y se cocina al horno; rara vez a las brasas. Y el viejito del xilantro también se retiró. ¿Vivirá en Quemchi? Echo de menos al señor Montt. Tendré que ir al mercado de Angelmó (¡Ay, Angelmó, cuántos corazones yacen en tus arenas!) para verlo, blanco en canas, entonando un tango de mi flor... ¿Me sonreirá esta vez, como Esteves, sin metafísica?)
Cae el frío de la noche junto al mar. El mar: monstruo que cambia de color a menudo; monstruo helado, sordo, cruel. Estoy solo. Pero esto es pura ficción, ficción pura. Ya no tengo tanto miedo de morir aquí. Es buen signo. Claro, mi corazón está dividido en partes, diseminado. Mejor así. El mundo se abre ante mí, respiro, tengo un lugar bajo el sol. Habrá que transmutarse. "¡Me transmuto, p'!" "Jueee", dice Marcelo Paredes mientras retoca un cielo en su cartulina, "Qué bueno que tengamos más poetas por aquí. La poesía es la mejor cosa del mundo. Y la tejuela de alerce. Y la escama de lata".
La soledad no es carencia de voces amigas o amables, no es la ausencia de seres racionales y sensibles, no es la ausencia de perros -en esta ciudad hay ocho mil perros sin dueño- ni de bellas mujeres que nos hablan con voz suave, protectora, casi oriental. La soledad, en todo caso, es la ausencia de lo que nos es querido, conocido largamente, explorado una y otra vez: probado por el tiempo. ¿Patria? Uno duerme tranquilo en el pueblo donde la madre vive, en la cama que es también la de la amada, en la cabaña del amigo, donde el perro viene a recibirnos como recibió a Odiseo, meneando la cola con esa certeza extraña y mágica que sólo los perros pueden tener. (Y ¿cómo se explica que a veces un perro vagabundo se nos pega y camina a nuestro lado cuadras y cuadras y no nos abandona, y tenemos que echarlo con gritos o pedradas porque no soportamos ese equívoco del amor, que tanto necesitamos empero? ¿Será que nuestro olor a veces se confunde con el de un amo ingrato o perdido?).
Grados bajo cero. La población, mal iluminada, me recuerda al Montevideo de los ´70; ya no un viaje en el espacio, sino en el tiempo. ¿No es acaso el Seno de Reloncaví pariente cercano de nuestra bahía montevideana, una versión del Pacífico, de aguas jamás templadas ni cobrizas? Aquí huele a milcado y a algas y a pan de papa y a cerveza de apellido alemán y a hotdog y a piures y a moluscos y a nescafé y a alcachofas hervidas y a tomate y a ají.
Tal vez amaneceré en Bahía Expectación, o en Puerto Hambre, o en Bahía Desolada, o en Puerto Charrúa, o en Bahía Inútil, o en Golfo de Penas, o en Última Esperanza. Será seguir y seguir hacia lo austral, hacia el hielo seco y eterno de la Antártida.
Sin embargo hoy vi delfines: eran tres o cuatro y avanzaban, saltando entre las olas, acompañando la marcha del transbordador que une Pargua con Chacao, en la Isla Grande del Archipiélago de Chiloé. La primavera se anuncia, sigilosamente.
La soledad: un pájaro oscuro que se posa de pronto sobre el hombro; un quiltro que nos mira, detenido, jadeante, y nos retrata contra la pared de tejuelas. Pero eso es tan sólo un instante, un equívoco transitorio, como un tropiezo inesperado en los adoquines: lo demás es, en gran medida, delfines como relámpagos venciendo la corriente helada del Pacífico: la belleza del mundo.


Roberto Mascaró
(febrero de 1999)

Notas
Milcado (pop. milcao): Tortilla hecha con papa y harina y rellena con chicharrones.
Piure (del araucano piur): Animal procordado, de la clase de los tunicados, sedentario, cuyo cuerpo, de color rojo y de cuatro a seis centímetros de longitud, tiene la forma de un saco con dos aberturas, que son, respectivamente, la boca y el ano. Es comestible muy apreciado.
Quiltro: En Chile, perro vagabundo.