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BARILOCHE POR LA NOCHE

Cruzo la cordillera en bus. La nieve tupida va iluminando el camino. Es nieve para mí en un estado desconocido, porque se asocia a la flora patagónica. No había visto nunca alerces y araucarias vestidos de nieve. También en el suelo, la nieve casi vieja ha formado diseños para mí desconocidos (como el diseño de la escarcha del invierno del polo norte marciano que acabo de ver en el diario). A medida que subimos, baja la temperatura. Algunos grados menos qué importan. Parece que en Suecia se me endureció algo el pellejo.
Los cruces fronterizos son buenos para tomar decisiones. Hay que decidirse. Situación sartreana. Por instantes envidio infinitamente a quienes nunca sienten la necesidad de decidir nada, a los que se arrollan en un rincón y hacen de cuenta que las decisiones ya están todas tomadas, o que alguien o algo las irá tomando, y así viviendo. Y también envidio a los que dejan conscientemente que las decisiones sean tomadas por el azar de lo que pasa alrededor: “las condiciones sociales”, “la presión del medio”, “la situación familiar y profesional”, “las leyes del patrón”, “el bienestar de los hijos”, etc. Pero un espíritu (¿matrero, cimarrón?) que me sale del fondo me hace olvidar esa envidia, porque sé que es ilusión y que no podemos dejar que el mundo lo dominen los golems. Al pasar esta frontera voy a tomar una decisión.
Al llegar a la frontera argentina, alguien decide que tenemos que descender del bus con nuestro equipaje de mano. Nuestros pasaportes fueron ya decididamente retirados por el guarda del bus. Pasamos a una sala. Un cartel en la pared: “COMBATA AL CÓLERA”. Mmmm... ¿No debería poner: “COMBATA EL CÓLERA”? Un sargento joven, mestizo, acicalado, ordena en voz alta: “¡Pasajeros del bus, a este lado!”, y el rebaño se acomoda en el sector que él señala. “¡Los iremos llamando por la lista!” Pasa un cabo apurado en procura de agua para el mate. El sargento comienza a llamar con petulancia y dicción exagerada: “¡Martín Riquelme!” “¡Yenni Oyarzún!” “¡María Dolores Prado Pena!”, y va haciendo sonar el sello dos veces en las papeletas, y formando un rumor que alguien podría llamar una especie de ritmo, tal vez un ritmo marcial. Un soldado bosteza frente a la pantalla del ordenador. De vez en cuando se vuelve y susurra algo al sargento. Éste detiene su golpeteo mecánico, se vuelve hacia nosotros en silencio, como un conferencista hacia su público, la cabeza un poco gacha, los ojos muy abiertos, y nos escruta un poco, como diciendo “Aquí mando yo”. Los rostros de algunos de los pasajeros se contraen, pero no vuela una mosca. Tal vez algunos piensen en la Escuela de Mecánica de la Armada. Nombres mal leídos en voz alta por una voz acicalada y anónima. ¿Así llamarían a los que iban a desaparecer?
Recuerdo una insignia que Uruguay Cortazzo llevaba en la casaca en el año 1985: “Uruguay sin ejército”. Pienso en Costa Rica y Suiza, dos países que han eliminado el ejército regular y que paradójicamente y contra todas las previsiones, jamás fueron invadidos ni tocados por los conflictos bélicos, jamás vieron sus fronteras amenazadas, es decir se han ahorrado históricamente muchísimos millones de lágrimas y de dólares. ¿Cómo es que los gobiernos del cono sur no han entendido que la única forma de poner punto final a la barbarie y a la memoria nociva de esa barbarie de las últimas décadas -las guerras fratricidas- será desmontando estos aparatos perversos llamados fuerzas armadas? Si por complejo de inferioridad no podemos mirar hacia Suiza –otrora pudimos, claro que pudimos- ¿por qué no mirar hacia Costa Rica? Porque no hay olvido, claro que no hay olvido. Es necesaria una medida radical: un psicofármaco potente y decisivo, no un largo proceso de terapia que dure toda la vida del paciente. Los peligros de recaída son demasiado patentes, están demasiado a la vista.
Por fin llegamos a San Carlos de Bariloche. Muy lindo. El viaje ha durado nueve horas; cinco de ellas se fueron en controles de fronteras. Y ahora sí está clarísimo que no estamos en Chile, aunque la araucaria crezca igual a ambos lados de la frontera. Ridículamente, se acepta el dólar como moneda nacional pero no el peso chileno, ni siquiera en los quioscos. Busco una buena pizzería por buscar el sabor de la inigualable pizza uruguaya. Voy descubriendo que esta ciudad que visitara hace unos años ha cambiado mucho. El lago Nahuel Huapi ya no está al alcance de una caminata. Miles de ruidosos, jóvenes y atléticos turistas forman una marea compacta; las tiendas repletas de objetos brillan inmaculadas; los ojos de la Ley han dispuesto aparatos que detectan todo lo que huela a pobreza para eliminarlo de inmediato; todo es muy jet set, muy pije, muy pituco. Bariloche ya no es una ciudad, como no lo es Punta del Este (perdón, Mechita) desde hace muchos años: es un gueto de los ricos, un cantegril invertido. Aquí los precios son absurdamente elevados, como corresponde. La ciudad está poblada por visitantes, no por habitantes. Uno se pregunta qué sentido final –aparte del lucro- tiene esta fórmula de establecer centros turísticos, es decir matar una ciudad para crear en su lugar una estación de servicios de bienestar. Si el viaje ha sido y es una actividad fascinante en tanto permite el contacto con esa otredad de las regiones y las naciones, el turismo centralizado que conocemos en Punta del Este y Bariloche no es otra cosa que una suerte de prostitución masiva de las ciudades, un puterío de lujo en donde el sexo es lo que menos se vende, porque lo que se vende es todo lo demás: la vida diaria en un paquete. En el hotel leo un poema en prosa del troesma Carlitos Baudelaire: “Porque, si hay un sitio que no se dignan visitar [los poetas y los filósofos] es, como no hace mucho lo insinuara, la alegría de los ricos.
Esta turbulencia en el vacío no tiene nada que les atraiga”. La jarana nocturna –discotecas, pubs, restoranes, casinos, casinos, casinos- de Bariloche dura hasta las seis de la mañana. Imposible dormir. ¿Estaremos tan mal de la azotea los poetas? Ya decía que es bueno cruzar fronteras, transitar por ciertos bordes. Cuando cruce la frontera de vuelta, lo sé, ya habré tomado la decisión. Y tal vez, con un poco de suerte, pueda cumplir con ella.

Roberto Mascaró
(marzo de 2002)