UN
RÍO DE PÁJAROS
Yo quise
un día ser una cantante pop.
Pero no tenía cuero. Pero no tenía trapos.
Mas ahora
me gustaría mucho estar
en estos mismísimos instantes
sentado en una terraza de un bar de Piriápolis
degustando unos mejillones provenzal
acompañados de un intachable vino blanco,
viendo la línea negra del horizonte marino a la distancia.
Una de
esas terrazas de Piriápolis,
parte de sus veredas
que mi abuelo materno,
Giovanni Crisci, nato in Napoli,
tanto habrá disfrutado
en los momentos en que no andaba pescando en su lancha
acompañado de nuestra perra, la Loba.
Yo no
puedo recordar aquellos veranos
porque no había nacido todavía,
aunque todo se preparase
en los vientres de mis padres
y aunque mi abuela me contase siempre
toda la historia como un cuento de hadas.
¡Y
yo que quise ser una cantante!
Una flaca elástica
que cruza calles en ropa deportiva
seduciendo con leve desaliño.
(Cae
la tarde y ahora no las urracas
sino los niños se mueven en los pastos:
se descubren perplejos invisibles
jugando a la escondida.)
Paseada
en convertible.
La modelo
trotando
por una pasarela interminable.
Me gustaba
vestirme de odalisca.
También
sé –aunque allí no estuviese-
que aquellas corvinas colosales
que mi abuelo arrancaba del mar
se transformaban en chupín de pescado
que bautizase los manteles níveos
de la casa.
Quisiera
ser una cantante pop.
Una yegua
fatal. Por la que muchos muchos
se vuelvan en sus túmulos de yeso.
No sé
si lo que he sido o no he sido
fue o no fue lo que yo creo que fue
o fue eso otro que otros creen
o no creen que fue.
Mas,
sólo quisiera estar en Piriápolis,
ver otra vez el hotel Argentino y su Casino
y comer una cena decente rodeado
de buenos amigos, para variar.
(¿Entre los comensales estarás
siempre y siempre tú, Judas?)
Mas yo
quisiera ser una cantante.
Una cantante
pop, pop, pop.
(Para
mi abuelo Juan Crisci)