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Dos poemas uruguayos


CAMPOS


El futuro es sin embargo un campo abierto
donde bailan milongas inesperadas,
donde alguien moja el suelo de tierra
“pa´ que no se levante polvareda”.

El futuro es lo que está después de los pasos,
pasos con frío de un otoño riguroso,
pasos desnudos de un verano que asombra.
Las chatarras descnsan en medio de este campo,
tiñen ligeramente el pasto nuevo,
persistiendo en una coloración rojiza
que es la de la vida
y también la de la muerte.
(-Yo quiero vivir conmigo-,
silbaba una joven de noventa años
mientras un viejo de veintiuno le retruca:
-Donde yo iba sentaba
mi fama de gigoló).

El futuro es un campo de algodón
infinito, manchado por las figuras de los hombres
que se inclinan bajo un sol abrasador.

El futuro es un tango que parece interminable
o que, interceptándose,
cada día canta mejor, como el
Mago.

(El futuro, los campos del futuro incluyen
glándulas porosas, de forma lanceolada
y unidas al tejido del presente por su base:
por eso decimos que el futuro está poblado de hipótesis).

El futuro es ahora, el instante
entre la vida y la muerte,
entre el trabajo y el descanso,
entre el amor y el aburrimiento,
entre la libertad y el golpe de la culata en la nuca,
entre el llano florido y la montaña pedregosa,
entre la nada y el todo,
entre la nada y la pena
me quedo con la pena.

El futuro es también una silla que se apoya
contra un muro encalado,
en una callejuela de Beirut,
un hombre que parece dormido pero piensa,
piensa en lugares en los que nunca ha estado,
piensa en una higuera, piensa en su madre
amirallada tras los ladrillos de un nicho,
piensa en su propia vejez y hace de su pensamiento
un bálsamo o vertiente donde respirar a su modo.

El futuro es también una mujer inclinada
sobre un mate recién hecho, con yerba nueva,
que en el instante de ser cebado
acompañó la evolución de las meditaciones
de ocho afuerinos que han llegado hace poco al lugar
y pacientes esperan su turno
en la vuelta concéntrica del mate.
-Siempre he tomado amargo,
pero a veces puedo gustar del dulce,
dulce como los labios de mi china-
dijo alguno de ellos sin saber qué bondades
movían su lengua entumecida.

El futuro es una pampa, el futuro es una selva,
el futuro es un camión
al que se le ha terminado la bencina,
que se quedó sin gasolina,
al que hace falta nafta.
El futuro es una bicicleta sin pedales,
a la que hay que inventarle mecanismos,
gestos rituales que funcionan como un avión
que casi cae al mar, pero tan sólo casi.
Porque ese aeroplano levanta la nariz
en el último instante, y sigue,
desilusiona a los excitados espectadores.

(“Tata, dice el señor Gallina que tenemos que irnos”.
“Dígale a ese señor emplumado que esta casa es nuestra,
que esta tierra es nuestra, y que de aquí
no nos moverán”).

El futuro está en el ángulo de los escritorios bancarios,
tiene malas intenciones,
tratará de darte una buena paliza cuando salgas
borracho, alegre, lleno de despedidas contradictorias.

El futuro es un aire que te cubre
y te dice: “soy tuyo, soy tu amante,
soy tu paloma, tu junco, tu milonga,
vos sos mi cafisho predilecto, mi gigoló adorado,
yo me travisto y me prostituyo,
para que vos seas feliz,
vos solito”, el futuro
te engaña, te promete
una vida de rey en los desiertos
donde brotan la leche y la miel de los cactos
pero en realidad te da la espalda
al minuto siguiente y se acopla
con la primera o el primero que pasa.

El futuro siempre está ocupado
lavando sus aguas
en aguas del Leteo.

El futuro no tiene sexo, no tiene ideales, no tiene
partido, es indomeñable:
“cómo de entre mis manos te deslizas”
le dices tú, le decís vos
tristemente, viendo viejas maquinarias deshechas,
coches destruidos, máquinas de coser sin paraguas,
tristes murciélagos mecánicos
abandonados junto a las autopistas del (futuro).

El futuro es donde la falda acortinada de esta berlinesa
se encuentra con la cumbia
tocada en esa pizzería chilena.

El futuro es (dicen) el futuro del país.
El futuro (,dicen que) es nuestro.
El futuro (,mentan que) se presenta florido.
El futuro es de los que futurean.
El futuro es.

El futuro.


Roberto Mascaró

(de Chatarra/ Campos, Siesta, Estocolmo, junio de 1984)

*


Poesia.com [info@poesia.com]
23 febrero de 2004 15:20
poemadeldia@eListas.net
Poesiacom Poema del día 23/02/04

el futuro.


el futuro está aquí.
el futuro nos gobierna.
el futuro nos dice algo indeterminado.
el futuro está también allá, a lo lejos.
el futuro tiene un aura particular.
el futuro pasa por la palabra futuro.
el futuro se oscurece a medida que avanza.
el futuro hace silencio para que pensemos en él.
el futuro parece compuesto de partículas invisibles.
el futuro se presenta así:
el futuro habla con una voz cósmica, muy delicada.
el futuro es una zona extraña, imaginaria, porosa.
el futuro, cuando pensamos en él, nos saca el aire.
el futuro es un tiempo en que las ilusiones, los deseos, son idiomas. el futuro, a veces, entra en la filosofía. el futuro quiere decir algo en forma de símbolo. el futuro. el futuro tiene un aire cinematográfico, de paisaje desolador al atardecer. el futuro tiene otro aire cinematográfico, de noche vista desde una nave. el futuro es una sola frase, una sola imagen, vistas desde aquí. el futuro es una dispersión de palabras, pocas, en la página. el futuro está animado por un zumbido. el futuro no es exactamente eso o bien
el futuro deja de ser futuro cuando se dramatiza, es decir, si no pensamos en el futuro como un armónico del presente o una serie borrosa en que
el futuro está conectado con escenas falsa, de amor o luminosas, donde el futuro se aclararía como una profundización del pasado ignorada por el futuro, sino en el futuro como un campo magnético que atrae las miradas sobre el futuro, que se mantiene aparte, un viento en la altura: el futuro no se deja relatar, por eso mismo el futuro piensa por nosotros desde la penumbra más absoluta.


una mirada simple al futuro inmediato
se parece al caos en que se dice que el mundo
nos arroja y que a menudo produce listas
indiferentes de cosas con nombre, una cantidad casi
infinita de cosas en forma de imágenes o de rostros
que vienen no se sabe de dónde, como si estuvieran animadas
de golpe, pero no más de un rato: el punto
es ése, la posibilidad de tocar el mundo interior
para llegar al objeto mínimo de los desvelos del día,
el índice levantado para decir que estamos aquí, en esta vida traducida por una cancioncita, un verso, una palabra que dice eso que pasa volando por delante de la mirada simple aun cuando el futuro inmediato nos desee mucha suerte. la mirada simple saca las cosas de la mesa y piensa: es así que el polvo suspende a una cierta altura. es así que la poesía tiene la virtud de desaparecer y dejar un mínimo olor en el aire, que sería algo así como la preparación del cuerpo para el futuro inmediato. un poco de calma, nada más.

mirar el cielo una noche de verano
-un acto casual, uno de esos
otras cosas que se hacen como veloz abandono
a lo que está ahí, entre dos guiones-
lleva el pensamiento a la altura
de la puntuación espectacular de la noche:
el sonido, entonces, es un acto
en suspenso que se disemina
de una sola vez, cuando se oyen
las posibilidades de lo negro
iluminando desde adentro de un infinito visible
que se disemina en el pensamiento, único,
del observador entusiasmado por el deseo
de estar imaginando música: eso es
arte, a lo grande; de aquí
a la profundidad de la superficie negra

Roberto Appratto

(de Levemente ondulado, Montevideo, 1997)