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Fragmento de Solo (Ensam), novela de August Strindberg


Estuve tres semanas sin hablar con nadie, y por esto mi voz enmudeció, se volvió sorda e inaudible; cuando le hablé a una señorita no entendió lo que le dije y tuve que repetirlo varias veces. Me inquieté: experimentaba la soledad como una excomunión; me puse a pensar que la gente no deseaba tratarme porque yo la había repudiado. Salí al atardecer. Tomé un tranvía, tan sólo para sentir que me hallaba en un espacio común con otros. Traté de leer en sus miradas odio hacia mí, mas vi en ellas tan sólo indiferencia. Escuchaba sus conversaciones, como si estuviese en una fiesta y tuviese derecho a participar en la charla, al menos como espectador. Cuando el tranvía se llenó, me causó placer sentir en mi codo el contacto de un ser humano.

Nunca he odiado a la gente, más bien todo lo contrario, mas desde que nací la he temido. Mi sociabilidad ha sido tan grande que he podido tratar a cualquiera, y he tomado la soledad como un castigo, que tal vez lo fue. He preguntado a amigos que estuvieron en prisión en qué consiste el castigo y todos me han respondido: la soledad. Yo estaba ahora buscando, por cierto, estar solo, mas haciendo una silenciosa reserva: la de que podría buscar a mis conocidos cuando tuviese gana. ¿Por qué no lo hago? No puedo, porque me siento como un mendigo cuando subo las escaleras y me enfrento a la cuerda de la campanilla de la puerta. Y cuando vuelvo a casa estoy satisfecho, en especial cuando me imagino las cosas que oiría si entrase de pronto en las habitaciones ajenas. Como mis pensamientos no están apareados con los de otros, me siento lastimado por casi todo lo que se dice, y una palabra inocente puedo sentirla a menudo como una burla.

Creo que mi destino es estar solo y que esto es lo mejor para mí: desearía creerlo, porque de lo contrario todo sería demasiado desolador. En la soledad, por momentos, la cabeza se sobrecarga y amenaza con estallar; por esto, uno debe observarse a sí mismo. Yo trato por lo tanto de hallar un balance entre lo que sale y lo que entra; cada día necesito de la descarga al escribir, y de la recepción de lo nuevo a través de la lectura. Si escribo todo el día, aparece en el atardecer un desesperado vacío; tengo la impresión de que no tengo nada más que decir y de que estoy acabado. Si leo todo el día me lleno de tal manera que deseo explotar.

Además, debo ajustar los tiempos de sueño y vigilia. El sueño excesivo fatiga de tal modo que se parece a una tortura; el poco sueño irrita hasta la histeria.

El día transcurre bien, pero el atardecer se hace difícil; porque eso de sentir que la propia inteligencia se adormece es tan doloroso como sentirse en decadencia espiritual y corporal.

Por la mañana, después de una noche sobria y de buen descanso, cuando me levanto de la cama, la vida misma es un goce positivo. Es como levantarse de entre los muertos. Todas las virtudes del alma se recrean, y las fuerzas recobradas parecen multiplicarse. Es entonces cuando me convenzo de que podría cambiar el orden del mundo, gobernar el destino de las naciones, declarar la guerra y derrocar dinastías. Cuando leo el periódico y en los telegramas del extranjero veo lo que ha cambiado en la variable historia mundial, me siento profundamente en el presente, en este exacto instante del mundo. Soy un «contemporáneo» y percibo algo así como que yo, en mi limitada capacidad, he contribuido en crear este presente, en colaboración con el pasado. Luego leo las noticias de mi país; al final, las de mi ciudad.

Desde ayer, la historia del mundo ha avanzado. Las leyes han sido cambiadas, las vías comerciales se han abierto, las dinastías han sido destronadas, los sistemas de los estados se han renovado. Ha muerto gente, otra gente ha nacido, y la gente se ha casado.

Desde ayer el mundo se ha transformado, y con un nuevo sol y un nuevo día ha llegado lo nuevo, y yo mismo me siento cambiado.

Ardo en deseos de ponerme a trabajar, mas antes tengo que salir. Cuando bajo al portal, sé bien pronto la dirección que he de tomar. No sólo el sol, las nubes y la temperatura me lo dicen, sino que en mis sentidos tengo un barómetro y un termómetro que indica el estado del mundo.

Tengo tres caminos para elegir. El camino sonriente, hacia Djurgården; la populosa Strandvägen y las calles; y también la via dolorosa que acabo de describir. Enseguida descubro hacia dónde lleva. Si hay armonía en mí, siento el aire suave, y voy en busca de la gente.

Entonces voy por las calles, entre la multitud, y tengo la sensación de que soy amigo de todos. Pero si algo anda mal, veo sólo enemigos con miradas de odio, y su odio es a veces tan fuerte que me hace volverme en la calle. Si me dirijo hacia el paisaje de Brunnsviken y las cuestas de robles en torno a Rosendal, puede suceder que la naturaleza esté afinada conmigo, y entonces vivo como en mi propia piel. Este paisaje me lo he reservado para mí, con él he crecido, y he logrado que sea el fondo de mi persona. Mas él también tiene estados de ánimo, y hay mañanas en que no estamos de acuerdo. Entonces todo aparece cambiado: los arcos gloriosos de los abedules se vuelven arbustos, las mágicas enramadas de avellanos no logran ocultar los elocuentes troncos; los robles estiran sus brazos nudosos de manera amenazante sobre mi cabeza y los siento como un yugo o arnés sobre mi garganta. Este desacuerdo entre yo mismo y mi paisaje me altera de tal modo que deseo desintegrarme y huir. Y cuando entonces me vuelvo y puedo ver la tierra del sur con todo el espléndido contorno de la ciudad, me siento como en tierra extraña y enemiga, y yo mismo soy un turista que veo todo esto por primera vez, abandonado como un extranjero que no conoce a nadie dentro de estos muros.

No obstante, cuando vuelvo a casa y me inclino sobre el escritorio, entonces vivo; y las fuerzas que he juntado fuera, ya sea en el interruptor de las desarmonías o en el conector de las armonías, me sirven ahora para mis diversos propósitos. Vivo, y vivo con variedad todas las vidas de la gente que retrato; estoy alegre con los alegres, soy malo con los malos, bueno con los buenos; me arrastro fuera de mi propia persona y hablo por boca de los niños, de las mujeres, de los viejos; soy rey y mendigo, soy el poderoso, el tirano y el más odiado, el oprimido que detesta al tirano; tengo todas las opiniones, profeso todas las religiones; vivo en todas las épocas y yo mismo he dejado de existir. Este es un estado que produce una felicidad indescriptible.

Pero cuando todo esto desaparece, a la hora de la cena, y la escritura ha terminado por el día, mi propia existencia es muy penosa y siento como si me condujese hacia la muerte, a medida que el anochecer avanza. Y la noche es horriblemente larga. Otras personas suelen tener, después de la jornada de trabajo, una distracción en la charla; yo no la tengo. El silencio me rodea; trato de leer, mas no lo consigo. Entonces me paseo y miro el reloj en espera de que den las diez. Y al fin dan las diez.

Cuando libero el cuerpo de las ropas con todos sus botones, presillas, cintas y trucos, me parece que el alma toma aliento y se siente más libre. Y cuando, después de mis abluciones a la manera oriental me meto en la cama, entonces toda la existencia se dilata; el deseo de vivir, la lucha, la batalla, terminan; y el deseo de dormir se parece bastante al deseo de morir.

Antes de dormirme medito una media hora, es decir, leo un devocionario que elijo según mi humor. A veces es uno católico: éste trae un soplo del cristianismo apostólico, tradicional; es como el latín y el griego; son los orígenes; porque con el catolicismo romano comienza nuestra cultura, mi cultura. Con el catolicismo romano me siento como un ciudadano romano, un europeo; y los entretejidos versos latinos me recuerdan mi educación. No soy católico, nunca lo he sido, porque no puedo estar unido a una fe. Por eso tomo a veces un viejo libro luterano, leo un trozo por cada día del año; y esto lo hago a manera de disciplina. Está escrito en el siglo XVII, cuando en la tierra la vida era dura. Por esto es terriblemente severo, predica el sufrimiento como una buena acción y una acción de gracias. Muy raramente hay allí una palabra amable; puede llevarlo a uno a la desesperación, y por esto lo combato. «No es así», me digo a mí mismo, y esto es simplemente probar las propias fuerzas. El católico me ha enseñado, por cierto, que el Tentador aparece en su papel más feo cuando quiere llevar a los hombres a la desesperación y arrebatarles la esperanza; porque la esperanza es una virtud para el católico, porque creer en el bien de Dios es el núcleo de la religión; creer en el mal de Dios es Satanismo.

A veces recurro a un extraño libro de la Siglo de las Luces, del siglo XVIII. Es anónimo, y no puedo decir que está escrito por un católico, luterano o calvinista, porque contiene la sabiduría de la vida de un hombre que conoció el mundo y los hombres y que además es un hombre culto y un poeta. Acostumbra a decirme precisamente lo que necesito para el día y el momento. Y cuando me he rebelado un instante contra su injusticia y sus exigencias, que vienen de un mortal, el escritor acude a recibir mis discrepancias. Es lo que yo llamo un hombre razonable, que mira la vida de frente y distribuye justicia e injusticia a ambos lados. Esto objeta a Jakob Böhme, que pensaba que todo implica un sí y un no.

En las grandes ocasiones tengo que recurrir a la Biblia; poseo diferentes biblias de diferentes épocas; y me parece que no contienen lo mismo; como si tuviesen diferente intensidad o capacidad de impresionarme. Una, en cuero de Córdoba, impresa en estilo schwabach del siglo XVII, tiene una fuerza increíble. Ha pertenecido a una familia de pastores, cuyo árbol genealógico está escrito en el interior de las tapas. Es como si el odio y la ira se hubiesen acumulado en este libro; tan sólo reprende y castiga; de cualquier modo que vuelva las páginas, siempre llego a las maldiciones de David o de Jeremías hacia los enemigos, mas no las quiero leer, porque no me parecen cristianas. Por ejemplo, cuando Jeremías ruega: «Castiga a sus hijos con hambre, y hazlos caer bajo la espada, que sus esposas y viudas queden sin hijos, y sus esposos sean muertos por la fuerza, etc.» Esto no es cosa para un cristiano. Bien puedo entender que uno pida a Dios protección contra los enemigos que lo quieren destruir cuando uno desea subsistir, contra los enemigos que arrebatan a uno el pan. También comprendo que uno pueda agradecer a Dios cuando el enemigo ha sido derrotado, porque todos han cantado Te Deum luego de la victoria, mas rogar castigos específicos para los adversarios, a esto no me atrevo; y bien puedo decirme que lo que convenía a Jeremías o David en esta ocasión, no me conviene a mí.

Además también tengo otra Biblia, en cuero de ternera, prensada en oro, del siglo XVIII. Por supuesto, contiene lo mismo que la otra, mas el contenido se presenta de otra forma. Este libro parece una novela, y muestra más bien su lado bello; el papel mismo es más claro, la tipografía más alegre, y deja oír cómo Jehová y Moisés se atreven a hacer representaciones bastante ásperas. Por ejemplo: cuando el pueblo vuelve a protestar y Moisés está ya harto de todo, se vuelve hacia el Señor, casi con reproche: « Si yo he procreado o parido a toda esta gente, dime entonces: cárgalos en tus brazos como una nodriza lleva un niño... ¿De dónde sacaré alimento para darle a esta gente…? No puedo abandonarlos, ya que esto me es muy difícil. Si deseas hacer esto contra mí, es mejor que me mates…» Jehová responde a las observaciones, no sin amabilidad, y propone a Moisés que acuda a la decisión de los setenta ancianos. Este no es el inquebrantable, vengativo Dios del Antiguo Testamento. Y esto no me extraña; sé que tengo momentos en que estoy más cerca del Antiguo que del Nuevo Testamento. Y que la Biblia, nacida para nosotros con el Cristianismo, tiene una fuerza educadora, con seguridad; si es por esto que nuestros antepasados han impreso en este libro fuerzas psíquicas al mismo tiempo que de él las recibían, sería difícil de afirmar. Santidades, templos y libros sagrados poseen por cierto esta fuerza de acumuladores, pero tan sólo para los creyentes, porque la fe es una batería local sin la cual no es posible lograr que el mudo pergamino hable. La fe es mi contra-corriente cuya influencia transmite energía; la fe es el paño que electriza el cristal; la fe es el recipiente, y debe ser la guía, sin la cual el receptor es la nada; la fe es el medio que hace que cese la resistencia, por el cual la iluminación puede llegar.

Por esto todos los libros sagrados son mudos para el no creyente. Porque el no creyente es estéril; su alma está tan pasteurizada, que nada en ella crece; él es la negación, el menos, una cantidad imaginaria, la parte opuesta, el parásito que no vive por sí mismo sino de las raíces de lo que crece; él carece de existencia propia, porque para poder negar tiene que disponer de lo positivo a ser negado.

Por fin, hay un instante en el que sólo cierto Budismo ayuda. Es tan infrecuente obtener lo que se desea; ¿de qué sirve entonces desear? No desees nada, no pretendas nada de los hombres y la vida, y siempre te parecerá que has obtenido más de lo que podías pretender; de este modo, la alegría vendrá de lo obtenido y no de lo deseado.

A veces sucede que alguien pregunta dentro de mí: ¿crees en eso? Yo acallo de inmediato la pregunta, porque sé que la fe es tan sólo un estado del alma y no un acto de pensamiento, y sé que ese estado es para mí saludable y educador.

También sucede que me rebelo contra las exigencias desmedidas y demasiado severas, los castigos inhumanos, y entonces dejo por un tiempo mis devocionarios; mas pronto vuelvo a ellos, llamado por una voz que grita desde los orígenes: "Recuerda que has sido un esclavo en Egipto y que el señor te liberó". Entonces mi oposición cede y me siento como un cobarde, canalla y desagradecido, si niego a mi Salvador frente a los hombres.


Fragmento de la novela “Solo” de August Strindberg, versión castellana de Roberto Mascaró
(Jakembo Editores, Asunción, Paraguay, 2006)