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ENTREVISTA A ROBERTO MASCARÓ

POR MAX VERGARA

 

MARZO DE 2008

La presente entreVISTA FUE REALIZADA A DISTANCIA DURANTE LA SEGUNDA MITAD DEL AÑO 2007 Y FUE TERMINADA A COMIENZOS DE 2008. LA IDEA ORIGINAL ERA QUE FUESE PUBLICADA POR LA REVISTA “PIE DE PÁGINA” DE BOGOTÁ. PARA ELLO FUERON ENVIADAS FOTOGRAFÍAS EXCLUSIVAS DE LA SUECA MARIA LINDBERG A SOLICITUD DE LA REVISTA.

ANTES DE QUE MAX VERGARA ENTREGASE EL TEXTO Y ANTES DE CONOCER SU CONTENIDO, LA DIRECCIÓN DE LA REVISTA, SORPRESIVAMENTE, COMUNICÓ AL PERIODISTA QUE NO LA PUBLICARÍAN, DANDO COMO ÚNICA EXPLICACIÓN QUE MIEMBROS DE LA DIRECCIÓN DE LA REVISTA SE OPONÍAN A LA PUBLICACIÓN. LAS RAZONES EXPRESADAS POR LA “PIE DE PÁGINA”: A ROBERTO MASCARÓ SE LO VINCULA AL FESTIVAL DE POESÍA DE MEDELLÍN, INSTANCIA AL PARECER RECHAZADA POR LA PUBLICACIÓN. LA VINCULACIÓN DE MASCARÓ AL FESTIVAL SE DEBE A QUE EN EL AÑO 2002 OBTUVO EL PREMIO INTERNACIONAL DE POESÍA QUE OTORGA CADA AÑO EL FESTIVAL, ADEMÁS DE HABER PROPORCIONADO SU FIRMA DE ADHESIÓN A VARIOS DOCUMENTOS POR LA PAZ EN COLOMBIA.

 

MAlmÖ es una ciudad que se cubre y descubre de nieve demasiado pronto, mucho antes de que comienza o termina oficialmente el invierno en el resto de Suecia. Desde una de las ventanas del apartamento de Roberto Mascaró, se observan las formas desnudas y retorcidas de los árboles, la tierra fría y encanecida bajo los tejados de los cobertizos a ras de chocolate blanco, todo en una constante somnolencia. En Malmö la vida social es bastante anémica. Su apartamento está en una zona céntrica tranquila, silenciosa, bohemia, húmeda, gris, pero sobretodo llena de misterios. Afuera, y porque es tarde en la noche, todo parece moverse en puntillas. Dentro, el cielorraso de yeso es alto, con bordes ornamentados, y por dondequiera que uno camina se encuentra con las altas puertas tan suecas y prácticas, de doble hoja. El piso, de una madera preciosa, muestra su constante marrón entremezclado con sombras borgoña, rojo cobre y, donde se adormece la luz, tímidamente relumbra un rezagado rubor otoñal. En uno de los muebles de su estudio, repleto de libros, Roberto presenta a sus amigas de siempre: dos cabezas de muñecas sobre soportes sólidos. Ambas son el recuerdo de infancia de sus dos hijas, Lucía y Mariángeles, que viven en Estocolmo. La presencia de sus hijas y sus tres nietos suecos palpita en el hogar de Mascaró. Una de las muñecas es morocha, de mirada atenta; la otra, rubia, de hermosos ojitos claros que rayan en un matiz champán y se ciegan con la lumbre. Llevan entre su pelo largas plumas grises, de urraca nórdica.

Hay libros por todas partes: en el enorme salón que es su estudio, en el pasillo, en el comedor; y también se encuentran a rebosar en otra de sus esquinas favoritas, su «mesa de poesía». Allí también están todas las herramientas de su arte: frascos de tinta, lápices y estilográficas, fotografías sugestivas, un enorme diccionario y finalmente sus cuadernos, de tapas carnosas y espirales negras. Junto a la mesa de poesía hay una ventana, que mira a la concurrida Bergsgatan, la antítesis del silencio. En su dormitorio hay otro escritorio, cubierto por una manta púrpura, sobre la que yace media cuartilla de hojas (algunas ya escritas) un reloj enorme de pasta azul, su grabadora práctica y lo que más me llama la atención, una hermosa máquina de escribir Smith-Corona, de teclas de fondo negro con las letras doradas. Cuando se lo indaga por tantos sitios de trabajo bajo un mismo techo, Roberto responde: «Cuando escribo, no importa el lugar de la casa donde lo haga. No tengo un lugar preferido para escribir». Sin embargo, el grueso de su trabajo se produce, por lo general, en la sala o en la cocina.

La tarde fría de la entrevista, Roberto se acomodó en el comedor de seis puestos, delante del blasón enorme de Escania, que cuelga de la pared contigua a la ventana. En la mesa estaba su computador portátil, su libreta blanda de bolsillo, varios discos compactos de trabajo y por supuesto, una cajetilla de cigarrillos alemanes West, de contrabando. Sus gafas quedaron en línea recta con el cenicero.

Roberto Mascaró nació en Uruguay, pero reside desde hace casi treinta años intermitentemente en Montevideo, Puerto Montt, Cartagena de Indias y Buenos Aires, aunque generalmente se encuentra de base en Malmö y Choroní, Venezuela. Se exilió primero en Estocolmo huyendo de la dictadura uruguaya, junto a otros cientos de artistas chilenos y argentinos perseguidos en sus países a fines de los setenta. No obstante, tras el regreso de la democracia al Cono Sur algunos años después, los exiliados en Suecia regresaron, excepto él. En 1982 adoptó la ciudadanía sueca por “cuestiones prácticas”, según afirma, pensando más en su familia, pero se considera tanto uruguayo como hispanoamericano en todos sus aspectos de vida. «Ni uruguayo ni argentino: ante todo soy un “hincha” del club Peñarol.» El castellano es el idioma de su poesía, pero fue su conocimiento del sueco, noruego, danés, inglés, italiano, francés y portugués lo que lo llevó a incursionar en la traducción.

Como en la mayoría de las familias uruguayas, la suya es muy mestiza y de inmigrantes: catalanes por parte de padre, vascos por parte de madre, y un abuelo napolitano adoptivo que le enseñó el italiano. Pero sobretodo, Roberto se entusiasma cuando remata diciendo que con toda seguridad también hay en la suya sangre de indígenas charrúas, de africanos. «La nota cómica», me dice, «es que siempre he oído decir que nosotros los uruguayos somos bastante europeos». Me cuenta de su bisabuelo, soldado de la revolución rural de Aparicio Saravia, que describe vivamente como un gaucho alzado en armas. Y a la pregunta de que si hubo artistas en su familia, Roberto me responde, como se maneja una presunción: «Al parecer hay un antepasado que murió muy joven, era poeta inédito y se llamaba igual que yo». Recuerda a sus padres como jóvenes urbanos de posguerra, que disfrutaban del scotch de una liberal Montevideo bombardeada por el existencialismo sartreano, pero enseguida reconoce que en la casa su madre era la lectora: su padre, el militar, el aviador, el que esperaba que su hijo fuese abogado o cursara una carrera “normal”.

De niño hubo muchos viajes: a la costa rioplatense, ese «paraná guazú» (el río ancho como mar), el gentío que lo asustaba en Buenos Aires, y el mes anual en las playas de Brasil. En este punto, el poeta me comparte dos de sus máximas: «un uruguayo “es un argentino que vive en Brasil” y “un argentino es un uruguasho que cree verosímil el sueño de ser nación”. Tras el divorcio de sus padres, quienes rehicieron sus vidas sin incluirlo, Roberto pasó el resto de su infancia y niñez con su abuela, quien lo encaminó enseguida por la senda de los cuentos y las cómicas. «La infancia es idílica», murmura, «pero el idilio no es necesariamente un paraíso; sí, es una época de esplendor, de brillos que no opaca el tiempo. Una suerte de inmortalidad. Eso es algo extraño que he comprobado una y otra vez: esa fijeza de la infancia.»

Nunca se propuso estudiar: reconoce ser aún un estudiante desordenado. En el liceo era el mejor, cuando se trataba de comentar a Manrique o a Garcilaso. El aspecto científico del arte nunca le interesó de lleno, así que se dispuso a convertirse en profesor secundario de literatura. Sin embargo, la consolidación de la dictadura uruguaya interrumpió abruptamente sus estudios. Y posteriormente, en el exilio, estudió con libertad literatura nórdica, estética y antropología en las universidades de Uppsala y Estocolmo. «En el presente, no voy a un aula a enseñar o a aprender; cuando visito alguna, lo hago por pura casualidad.» Para Roberto Mascaró, las ágoras literarias sólo pueden tener un contexto informal de lecturas, a modo de talleres. Acude a ellas no como profesor invitado sino como otro “turista” que va por algo.

Pero siempre trabaja; su obra es enorme: doce colecciones de poesía y dieciséis libros traducidos, de autores diversos como Tomas Tranströmer, Anthony De Mello, Göran Sonnevi, Jan Erik Vold, Ulf Eriksson, Hans Bergqvist, Tomas Ekström y August Strindberg. En 2002 ganó el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Medellín, que le ha traído beneficios y malestares. Ha obtenido también, en cinco oportunidades, el prestigioso Premio Bienal del Fondo de Escritores de Suecia, y en 1986 se hizo al Premio Ciudad de Estocolmo, por su segundo poemario, traducido al sueco por Hans Bergqvist. Participante y organizador de distintos festivales en los dos continentes, actualmente Mascaró dirige la revista bilingüe “Encuentro”, y la editorial del mismo nombre. Entre la charla sobre su trayectoria, amenizada por las copas de vino blanco y el humo de los cigarrillos, finalmente Roberto rescata un pensamiento perdido y me lo ofrenda: «Nunca terminé ningún estudio, siempre estoy con deseos de comenzar de nuevo. Y no descarto la posibilidad de “terminar” algún día.»

Max Vergara Poeti

 

 

¿Recuerda su  primer poema, sus primeras lecturas, sus influencias?

Era un poema dedicado a mi madre, que ganó un concurso para poetas jóvenes. Conservo el recorte del diario en el que apareció.

El primer poeta que me impresionó fue Rubén Darío. Me hizo entender la dimensión del Modernismo, que es nuestra literatura fundacional. Pablo Neruda era uno de los poetas que más conocíamos en Uruguay, el poeta del amor y de la carne. Luego vinieron los españoles, todo el Siglo de Oro y en nuestro tiempo García Lorca, Cernuda; y los franceses: Rimbaud, Verlaine, Baudelaire, Valéry, los surrealistas, dadá. En Uruguay, Washington Benavides inspiró a muchos jóvenes de mi generación y nos estimuló a través del llamado canto popular, comunión de poetas y músicos; Benavides, además, nos enseñó que Uruguay no es solamente la macrocéfala Montevideo sino también sus otras ciudades, sus pueblos y sus campos. También estuvieron en mis lecturas, gracias a mi madre: Delmira Agustini, María Eugenia Vaz Ferreira, Juana de Ibarbourou. Viviendo en Chile se amplió mi visión de la gran poesía chilena: Huidobro apareció como un gigante. Nicanor Parra con su antipoesía derribó mi edificio de “poeta”. Marosa di Giorgio, misteriosa poeta de la intuición, cultivadora del poema en prosa, fue mi amiga de los cafés montevideanos. Entre mis lecturas de juventud fue importante Mario Benedetti, porque me permitió descubrir que la poesía puede ejercer un coloquialismo sin fronteras y hablarle al hombre de la calle directamente, cosa que mucho faltaba en la acartonada poesía rioplatense de la época de mi formación. La poesía de Benedetti se nutre de una corriente maravillosa de la poesía rioplatense que se llamó sencillismo. Una poesía de los que no estudiaron literatura sino en los cafés y las calles de nuestras ciudades. Uno de estos poetas, hoy bastante olvidado, es el argentino Baldomero Fernández Moreno. Otra vertiente que Benedetti conecta con nosotros es la antipoesía de Parra. Todo esto, junto al enorme impacto que tuvo en mí la narrativa de Juan Carlos Onetti, poeta de la novela, que perteneciendo también a la gigantesca, monstruosa y chata clase media del país, se lanza a una aventura de la imaginación. Y luego vienen las lecturas de Isidore Ducasse, Conde de Lautréamont, ese fascinante montevideano maudit de lengua francesa… Pero siempre he regresado a Darío, Dante, Pessoa, Baudelaire, Cernuda, Borges, Gunnar Ekelöf,  Vallejo, T.S. Eliot, Cortázar, Allen Ginsberg, Alejandra Pizarnik, al gran Walt Whitman —padre de la poesía moderna—; a William Carlos Williams, Wallace Stevens, Vicente Huidobro y a una lista interminable, que en desordenada mezcla, todavía sigue creciendo...

 ¿Cómo lo afectó al principio la dictadura uruguaya? La dictadura entonces lo rodeaba en todas las direcciones del mapa. ¿En qué momento se hizo enemigo de la dictadura?

Las dictadura cívico-militar de Uruguay, producto de un autogolpe de Bordaberry, estimulada y apoyada por EEUU,  que mandaba asesores en técnicas de tormento, fue especialista en la mordaza, la tortura, la desaparición forzada, los escuadrones de la muerte; una dictadura dedicada a conservar el horrible resonar del silencio: reino de la mentira, de la censura, de la crueldad ilegal y sistemática... Me volví enemigo aún antes de que se implantara la dictadura uruguaya, cuando era apenas una amenaza, porque yo y mis compañeros de generación y de ideas ya sabíamos lo que sería antes de que llegase... Recuerdo una anécdota de aquellos tiempos oscuros: en una revista juvenil que editábamos por aquel entonces, se publicaron poemas de César Vallejo. Pues bien, cuando la policía interrogó a uno de los redactores, mi compañero de trabajo en ese entonces ¡le exigieron que diera la dirección de ese César Vallejo, que escribía poesía subversiva! Además de interrogar a todos los que formábamos la redacción, por supuesto. Ese era el clima, parecido al Brasil en dictadura, en el que un juez pidió la captura de Sófocles, ese tipo que escribía piezas pornográficas... Escribir y publicar, en estas condiciones, era imposible.  Tan sólo tener opiniones era peligroso. Continuar respirando era un privilegio.

 

¿Por qué se exilió en Suecia?

Porque las libertades habían sido totalmente arrasadas en Uruguay, en el marco del plan “Cóndor” estructurado por EEUU para los países del sur de América. Mi aporte a la resistencia fue proporcionar información a la gente a través de un periódico clandestino, que imprimía en mi casa con una técnica muy primitiva. Pero estaba prohibido informar e informarse. Era castigado con años de prisión. La excusa del gobierno de facto fue el combate del terrorismo, que se respondió con el terrorismo de estado. La tortura (hoy el señor Bush pretende legalizar la práctica de la tortura llamada “submarino”, que en el Uruguay de aquel entonces se aplicó sistemáticamente) y la prohibición de todas las libertades políticas, el exterminio de la oposición, eran la realidad  cotidiana de mi país entonces. Suecia era una posibilidad real de obtener refugio de la persecución de los militares y tener libertad de palabra, mientras la mayoría de los otros países europeos no recibían refugiados de las dictaduras sudamericanas. Allí pudimos tener una voz en contra de la tiranía. Con el tiempo, Suecia se transformó también en una buena opción para desarrollar una escritura como la mía, que usa fundamentalmente el español pero que está impregnada de las lenguas nórdicas y su “universo”. La traducción de literatura nórdica se transformó también en un oficio secundario para mí, aunque -siguiendo la tradición anglosajona, que considera la traducción como un género literario- he terminado considerando muchos de los libros que he traducido como obras propias... Por otra parte, Suecia es para un “sudaca” el mundo del revés, en todo: leyes, costumbres, lengua. Viviendo aquí aprendí la importancia de apreciar la “diferencia” como un juego enriquecedor y placentero, aunque también como fuente de angustia y desconcierto. Aquí el silencio, al menos, está impuesto por una tradición de siglos, por un clima muy riguroso... También conocí la xenofobia y el racismo, la marginación... Por ejemplo, ahora en Suecia —con su economía tan estable y su democracia que es un hecho real, no sólo una palabra— se están imponiendo ideas dictatoriales, como la presencia de las cámaras de video en las calles, el proyecto de control de todo el tráfico electrónico del país por parte de las autoridades. La pregunta es: ¿Se mantendrá la democracia y las garantías de libre expresión el día que la sociedad de bienestar actual se vea amenazada por ese ubicuo sistema de control?

 

¿Qué significó en su vida, al poco tiempo de haber llegado a Suecia, ganar el Premio de la Ciudad de Estocolmo?

Sin duda un gran honor, una gran alegría, considerando que se me entregó el premio por un libro mío traducido al sueco. Un libro en el que yo denunciaba además el estado de cosas del Uruguay de esa época. Yo no escribía en ese idioma por aquel entonces, y hay que considerar que la literatura latinoamericana traducida al sueco es hasta el día de hoy prácticamente inexistente. Fue una entrada al mundo cultural y literario, aunque pronto me di cuenta que bajo el etnocentrismo eterno que es la trampa de los editores de Suecia, se esperaba de mí que adoptase el sueco como lengua propia, cosa que los años mostraron como imposible. Escribo desde luego artículos en sueco desde hace mucho, pero no  poesía... Para un poeta, ejercer el bilingüismo es un sueño, si no una utopía. Y como mi poesía nació en castellano... Sólo el tiempo dirá si algún día logro escribir un libro en sueco. Me llenaría de asombro, porque sería dos escritores en uno. Lo que he comenzado a hacer es traducir mis propios poemas al sueco, y eso sí puedo hacerlo.

 

Antes de exiliarse, ¿publicó algo en Uruguay? Si lo hizo, cómo fue la recepción de su escrito allí? ¿Cómo ha sido desde entonces?

No era fácil comenzar a ser escritor en el país de las prohibiciones y del silencio, un país en el que ciertas palabras estaban prohibidas, no solamente en el papel sino también en las conversaciones cotidianas. “Revolución”, “socialismo”, “tupamaro” y una lista no escrita pero muy extensa... pesadilla para un escritor. Había que hablar en voz baja y esconder los papeles. Publiqué poemas en revistas y algún artículo, pero mi vida giraba en torno a la militancia política, a la resistencia... de modo que no me auguraba a mí mismo un futuro como escritor. Todo era incertidumbre. Un mundo basado en la inestabilidad y el terror, que hasta el día de hoy es una memoria dolorosa que sigue presente en más de una generación.

 

En sus poemas se cruzan frecuentemente imágenes de una ciudad cosmopolita y abstracta, y casualmente entre esas dos visiones aparece el concepto de “ciudad universal”… ¿Cómo era  la Montevideo de antes? ¿Ha cambiado algo? ¿Cree que aparece en su poesía?

Tal vez mi vida en Buenos Aires o en Estocolmo (viví 17 años en esa ciudad) marcó mucho mi escritura. Montevideo no ha crecido mucho, sigue siendo una ciudad de poco más de un millón de habitantes. Por suerte, no se ha transformado en metrópolis. Es, afortunadamente, una ciudad que tiene espacio para el aburrimiento y la soledad. Buenos Aires es la metrópolis, la capital cultural, por eso los escritores uruguayos buscan allí su público y muchos emigran. Como muchos intelectuales saben pero pocos lo reconocen, Uruguay pertenece a la cultura rioplatense, subcultura de la cultura mayor, la argentina... Conocí Buenos Aires en una época de esplendor: ahora vive días difíciles que han opacado su belleza. Malmö, la ciudad en la que he vivido últimamente, es por suerte un pueblo grande, sin cultura propia, espacio neutro, con poca vida social, lleno de zonas verdes y silencio.

 

¿Por qué no regresar de nuevo a Uruguay? Hace poco estuve en José Ignacio, a 20 minutos de Maldonado, donde residió temporalmente (hasta hace poco) el escritor británico Martin Amis. ¿Qué cree que tiene su país y qué no tiene que le interese?

Regresé en 1985, cuando la resistencia popular y el gobierno Carter derrocaron al oprobioso régimen... Ahora, algunos de los que la dictadura consideraba “terroristas” están en el parlamento, son ministros... Siempre estoy regresando a Uruguay. Aunque a estas alturas de mi vida, no deseo “quedarme” en ningún lado. Viajar es una fuente de inspiración y motivación insustituible, aunque Uruguay va conmigo cada día de mi vida.

Mi trabajo va conmigo en mi ordenador. Mi contacto con el país es constante, estoy al tanto de las noticias, de la vida literaria y artística; además, sigo publicando mis libros allí. Y el fútbol, aunque parezca curioso, nos proporciona una identidad muy fuerte a “los orientales”. Siempre sé lo que está pasando con la selección y  con mi equipo, Peñarol.

 

Me ha dicho sobre una novela que ha estado escribiendo. ¿Por qué escribirla ahora y no antes?

Lo de “novela”, en el caso del libro que estoy escribiendo, es más por apelar a un formato que a un género. Es prosa, pero una prosa fragmentaria en la que los fragmentos dialogan entre sí. Una novela escrita con técnica de poeta. Un trabajo experimental. He decidido escribir este libro ahora, porque ya he escrito poesía durante cuarenta años y necesito este espacio de la prosa, para depositar mi memoria, mis detalles, mis hechos cotidianos y el testimonio histórico.

 

¿Cuál es el tema de esta novela? ¿Qué otra novela escribiría?

El tema es el exilio, el viaje, la travesía. Si escribiera otra novela, sería ciencia ficción, un libro que me revelara la vida futura.

 

Hablemos un poco de traducción. Sobre lo primero que tradujo, cómo se hizo, cómo trabaja.

Traduje primero a Tomas Tranströmer. Recientemente se editó una antología (Poemas escogidos y Memorias) en la que se recogen esas traducciones, comenzadas hace casi treinta años y que hasta el día de hoy he estado corrigiendo. La poesía es intraducible; pero hay que intentarlo. Traducir ha sido siempre una tarea y una aventura parecida a la de escribir la obra “propia”: está prohibido improvisar. Cuando traduzco, disfruto de la revelación del poema de otro. Es como ser lector y escritor a la vez. Traducir un poema es tan difícil como escribir un poema, incluso más. Cada traducción es un libro nuevo y propio. Imitación y creación. La traducción es un género literario y no un producto subsidiario.

Trabajo en etapas. Primero hago una traducción “cruda”, fijando significados y campo semántico: es un trabajo duro, árido. Luego vienen las pausas, el alejamiento del material, mientras continúo escribiendo mis textos. Tras varias idas y venidas entre una lengua y la otra, tengo que rescribir, transcrear el texto, darle vida en mi lengua con la mayor libertad posible. Corregir y corregir. Recién entonces se puede decir que la traducción está completa, pero el proceso no acaba allí. El paso del tiempo es muy importante para el traductor.

 

¿Cómo escribe poesía? ¿Tiene una rutina?

El poema es la voz del instante, de manera que no es fácil establecerle horario ni disciplina. No tengo ninguna rutina. Si hay una, es la de aspirar siempre a tener precisamente una rutina, un método. En ese camino he encontrado muchos métodos, muchas rutinas. Y todas son buenas y también todas pueden ser desastrosas.

Escribir un poema me toma por lo general minutos. Casi nunca vuelvo a poemas “malogrados”, “mal nacidos”. Dejo de lado casi todos los esbozos que se quedan truncos. Siempre es importante alejarse del material, tomarse un café (si es posible colombiano), ver lo escrito con mirada nueva. Trabajar como quien juega. Dejar de lado toda solemnidad. Esto vale para cualquier tipo de escritura. En general son días, pero también a veces son años y hasta decenios.

Cuando escribo, confieso que hago al mismo tiempo otras cosas. Lo  simultáneo es una de las grandes fascinaciones de mi vida... Admiro a los conductores de autobuses de Buenos Aires y otras ciudades sudamericanas, quienes frenan, hablan, escuchan radio, cuentan las monedas, cobran los pasajes: todo al mismo tiempo.

 

¿Cómo es el arte poético de Roberto Mascaró, cómo trabaja?

Primero hay que decir que en lo que escribo hay una fuerte influencia de las vanguardias del siglo XX: Mallarmé en un extremo y Lautréamont en el otro; el futurismo, lo Dadá, el surrealismo y todos los ismos... es decir, en mí se funde una poética experimental, abierta al cambio pero no excluyente de otras corrientes “clásicas”. En mis poemas, diría que hay drama, aunque a veces hay tragedia y muchas otras veces la audiencia puede captar la ironía y sonreír (lo he comprobado en las lecturas y performances). También creo que en mis poemas está la sátira: soy un admirador del teatro del absurdo: Jarry, Ionesco, Beckett, Duchamp, Arrabal y el absurdo latinoamericano, como Juan José Arreola. Las imágenes me llegan, pero también las elaboro. En este proceso hay elementos irracionales, azarosos, y también elaboración racional. La poesía es poiesis, es un “hacer”, y el resultado ya depende del lector.

Lo ideal para mí es no tener que corregir nada del original, que la corrección se haga en la memoria, que el poema nazca con principio y final más o menos listo, pero esto raramente sucede. En general, hay dos momentos. Uno de escritura y otro de corrección. No hay cabida a las segundas correcciones. Por ejemplo, uno de mis poemas, Tango del Apocalyptus oriental, lo he pulido durante diez años sin interrupción, pero el cuerpo principal fue escrito en una tarde.

Paso semanas enteras sin escribir. Además, he decidido ya varias veces dejar de hacerlo y, sin querer, vuelvo al “vicio”, como decía Juan Carlos Onetti. Cuando me siento cansado, detengo todo y me voy a dormir o a pasear o a mirar televisión, que es mi otro vicio. Me da un descanso excelente. Cuando estoy en Suecia, vuelvo a descubrir la televisión como ventana al mundo. Cuando viajo no miro televisión, no necesito esa ventana… salvo para ver algunos partidos de fútbol.

Para escribir poesía necesito tener la mente en blanco, no puede haber allí paisajes ni personas. Porque luego se van formando, o aparecen a medida que escribo.

 

De todos sus libros de poemas, ¿tiene uno preferido? ¿Hay algún poema en particular por el que tenga mayores afectos?
Algunos poemas me parecen mejores que otros, pero no tengo preferencias especiales. Mi poemario predilecto es quizá el más reciente, Un río de pájaros, publicado por el Fondo Editorial EAFIT en Medellín, cuya editora, Leticia Bernal, lo aceptó sin conocerme a mí personalmente y sin conocer mi trabajo anterior. Todo se hizo a través de la interred. Y bueno, resultó que el libro tuvo cierto éxito. A los pocos meses de editado, recibí las cifras de venta de parte de la editorial: de esa corta tirada, se habían vendido más de 300 ejemplares. A Uruguay ni siquiera ha llegado. Sin duda, una alegría enorme para un poeta, ya que las cifras de ventas —con rarísimas excepciones— siempre son bajas para este género.

 

En lo que escribe, ¿cuánto cree que hay de autobiografía e invención? ¿Cuál se impone?

Todo el tiempo es ambas cosas. Mi vida es biografía e invención. Creo que siempre, en lo que creemos fríamente documental, hay ficción; y viceversa. Esto es lo interesante de la vida y lo que además hace posible el arte y la literatura. De joven era muy pretencioso, muy radical. Trataba de dividir entre lo “bueno” y lo “malo”. Después fui comprendiendo que el texto es uno solo y lo escribimos entre todos... sin importar si es autobiografía o ficción. Ahora encuentro cosas valiosas en cualquier escritura, en cualquier verso de aficionado o de adolescente. La poesía que definitivamente no me atrae es la que deja entrever su intención pedagógica, su “prédica” o su “mensaje”.

 
¿Definitivamente cree que la poesía depende del lector? ¿O de quién depende?

Sin lector no habría literatura, sin duda. Hay partes de mis poemas que están “escritas” por otros, como el caso de los versos “Después recorrimos Zachintos / en motocicleta: mi amigo / dijo: «Tengo la sensación / de no ser yo el que conduce esta moto: / de a ratos me olvido de mis actos»”, por poner un ejemplo. Lo resaltado fue dicho por un amigo mío, el poeta Kristian, un sueco que no sabe español y nunca ha podido leer, por cierto, ese poema. Las palabras que cito en ese verso son una traducción de un comentario que me hizo; un comentario de poeta, está claro. Igualmente cada lector agrega algo al poema, lo realiza, lo hace posible. Cuando el poeta escribe, busca poner en boca de ese hipotético lector lo que éste desearía escribir, lo que escribiría el lector “si fuese poeta”, por así decirlo, lo que le gustaría evocar. Esta es la clave de la literatura para mí. La búsqueda de la“originalidad” en la escritura me parece una tarea vana y bastante inútil. Lo que busco es un cambio permanente de papeles lector-escritor. Sin esto no habría gracia alguna. El escritor tiene ese poder de satisfacer (o no) al lector, y esto se siente en la piel durante las lecturas públicas, el stand-up poetry ahora tan de moda. Creo que si hay una norma ética que trato de seguir en esta profesión, es la de prohibirme en lo posible especular con ese poder que da la situación de quien publica un libro; trato sobre todo de no recurrir a la demagogia, al facilismo, a la prédica.

¿Cree que hay influencias de la poesía sueca en sus obras?

Seguramente, aunque no es fácil para mí descubrirlas. Es difícil traducir (traducir es para mí “leer minuciosamente, en profundidad”) sin resultar influido. Tranströmer y su espectáculo metafísico, su parquedad de monje, se ha colado seguramente en mi trabajo. Ojalá que así sea. Bienvenidas influencias tan preciosas.

Hay una cosa interesante: a menudo ha escrito sobre la naturaleza, de una manera como lo hicieron alguna vez los suecos, al estilo Harry Martinson. ¿Cree que la naturaleza es un rasgo profundo de la poesía sueca? ¿Hace parte de esa cultura?

Claro que sí. Suecia tiene un clima de “grandes cambios dramáticos”, como dice Tranströmer. Tal vez por eso la naturaleza acude todo el tiempo a la escritura de los suecos. Y para un latino, el contacto con esta naturaleza tiránica causa una gran impresión, una gran sacudida. En mi obra a veces debe reflejarse bastante.

 ¿Hay influencias musicales en su obra? Lo digo por el tango, que por ejemplo influenció a Borges de tal modo que, finalmente, escribió algunos versos para Piazzolla.

El tango es parte importante de la idiosincrasia rioplatense. Se bebe por los poros desde la infancia. Borges es un gran tanguero, a su manera cosmopolita. En su poesía hay ecos del tango, sin duda. De la música sueca me interesan más que nada los trovadores, desde la Edad Media pasando por Carl Michael Bellman hasta hoy. Compositores como Larsson, que es un romántico de gran formato, me fueron útiles para algunos videos documentales hace muchos años.  Es sobre todo en la canción trovadoresca en la que encuentro algo verdaderamente original. Borges es un coleccionista hábil y astuto de ideas filosóficas que se dedicó a transformarlas en ficciones, y no en vano, absorbió mucho de la música.

Disfruto del vallenato, que tanto ha elogiado García Márquez, especialmente escuchado, y en vivo. Me gusta mucho ese mestizaje con el acordeón que llegó flotando del otro mundo. A propósito, el bandoneón del tango no llegó flotando, pero sí navegando desde un pequeño pueblo de Alemania. El tango arrabalero es otra cosa; tal vez éste sea pariente del vallenato. Y el rock... ¿en quién o en qué no ha influído el rock, esa música contemporánea y universal por excelencia?

 
¿Cree que su poesía se pueda clasificar? ¿Alguien lo ha intentado?

En mi país, se me ha incluido en una llamada “generación del silencio”. Otros hablan de la “generación de la diáspora”. Cada día me parece más acertada esta última categoría. En lo que toca a la poesía, del silencio de la dictadura hemos pasado al silencio de la democracia. En Uruguay,  la poesía es un gran silencio, una gran indiferencia, salvo por los aislados movimientos juveniles que celebran la poesía y la difunden con verdadero fervor, como un anticuerpo a ese silencio.

¿Cuándo conoce a Ginsberg? ¿Cómo sucedió? ¿Qué fue lo primero que le dijo?

Ginsberg dio una lectura en Estocolmo en 1983. El poeta argentino Mario Romero y yo fuimos a hacerle una entrevista para nuestra publicación de exilio, Saltomortal, con nuestro inglés defectuoso. Todavía tengo la entrevista grabada, que nunca se publicó. En privado, era un hombre muy sencillo, de pocas palabras, nada ceremonioso, concentrado en su trabajo como un monje. Agradeció mucho que fuésemos a entrevistarlo. Ningún periodista sueco se había acercado a su cabaña. También me pareció muy pragmático: nos vendió su último libro en ese momento, Plutonian ode. Este gesto de vender poesía me sorprendió; me hizo pensar en esa idea tan común como errónea de que la poesía no vale nada, y por lo tanto los poetas no tienen derecho a ganarse la vida... Desde aquel día, ya no regalo con tanta facilidad mis libros... Y guardo el ejemplar de Plutonian ode dedicado por Ginsberg. Hablamos un poco de Suecia, estaba muy extrañado de la vida de los suecos, de la introspección como modo de vida, del silencio impertérrito de las noches del Norte…

Sé que su relación con Tomas Tranströmer es estrecha. Tranströmer, quien es considerado uno de los más grandes poetas vivos. Podría decir que usted ha sido casi su traductor oficial al castellano, lo que nadie ha intentado, y quienes han sido osados, solo han conseguido hacerlo mediocremente. ¿Cómo lo conoce? ¿Cómo puede describirlo? ¿Qué papel juega Mónica en su vida?

Desde que lo conocí, me trató como a un igual, con una sencillez increíble. Apenas lo llamé por teléfono y le hablé con mi sueco elemental, respondió con naturalidad y me abrió las puertas de su casa como a un amigo entrañable. Conversamos mucho, me ayudó mucho a entender los giros a menudo intrincados de su poesía.

Tomas sufre desde hace años una afasia provocada por un derrame. Mónica es todo para él: su esposa amante, su intérprete, su enfermera... Se ha venido recuperando de una manera prodigiosa y, aunque no puede hablar aún, se dedica a dar conciertos de piano para la mano izquierda, que es la que por ahora puede dominar. Es un hombre muy alegre, muy positivo, muy humilde. Siempre me habló de que le gustaría conocer Montevideo. Nunca le pregunté por qué. Espero que su sueño se cumpla. Viaja mucho, con ayuda de un bastón antiguo que le traje de Uruguay. Yo diría que es tan modesto que siempre está ocultando que es poeta.

Regresemos a Sudamérica. ¿Piensa en algún poeta hispanoamericano vivo que lo entusiasme?

El venezolano Rafael Cadenas siempre está presente. Y Jaime Jaramillo Escobar, sin dudas. Dos grandes poetas de estéticas disímiles. Nicanor Parra, ese pain in the ass para los poetas solemnes. Ernesto Cardenal, poeta cósmico de lo sencillo. José Lezama Lima, el mago misterioso. Verá, seguramente me estoy olvidando de muchos…

 

¿Ha leído poetas colombianos, además de Jaime Jaramillo Escobar, que llamen su atención?

Por supuesto, José Asunción Silva. Jaramillo Escobar es esa  antiliteratura que es el nadaísmo, que tal vez es el único ismo latinoamericano que me interesa. Luis Vidales, otro maestro temprano de nuestra vanguardia: quebró todos los vidrios de la retórica con ayuda del sentido común. Raúl Gómez Jattin, un poeta salvaje y extremo de expresión cristalina y cruda a la vez. Elkin Restrepo, otro de los grandes poetas vivos de Colombia, cuya obra es la combinación sorprendente de esa expresión banal y prosaica con la imagen. También ese mago de la palabra, Aurelio Arturo. Y menciono a un quinto, que sin duda fue pionero y extraterrestre: Gonzalo Arango.

 

Veo que Colombia es un país que está en sus afectos. ¿Cómo comenzaron estos lazos?

En 2002 mis vínculos con Colombia se estrecharon. Estaba en Buenos Aires, en un cibercafé, cuando me enteré una tarde que me habían otorgado el Premio de la Ciudad de Medellín por mi libro Campo de Fuego. Me puse muy contento. ¡Tan contento, y no tenía con quién compartir la noticia! Al salir del local, me encontré con dos policías de la Federal, un joven y una chica, y les conté. Necesitaba contarle mi alegría a alguien en una ciudad en la que no conocía a casi nadie. Obviamente que me felicitaron… Pero mi vínculo con Colombia, indirectamente, tuvo su origen años antes, con las lecturas de sus poetas y García Márquez. A causa  del Premio, fui a Medellín y fue como entrar en una zona nueva de mi propio continente. Muchas cosas me sorprendieron: el olor de las arepas, las frutas, el dejo del castellano que allí se habla. Esta revelación confirmó que yo soy, o me gustaría ser, un ciudadano de América. Visité también Bogotá, y me enamoré luego de Cartagena, esa ciudad que tiene todas las condiciones para ser perfecta.

Muy poco, casi nada diría, era lo que sabía de Colombia antes de 2002. Las referencias sobre libros, estrechas, las marcaban la obra de Gabo. En la zona austral de Sudamérica nadie se interesa mucho por lo que pasa más al norte, aunque eso está cambiando. A Suecia sólo llegan rumores: que la guerrilla, que la cocaína, que la salsa... ideas fijas, remedos de la realidad, estereotipos, en el fondo imprecisiones, falsedades.

 

Mascaró es un viajero, un huésped permanente de muchas ciudades. ¿Qué contiene la típica maleta de viaje que carga el poeta?

Cuadernos. Me gustan mucho, tengo cientos de cuadernos de apuntes, fechados y ordenados. Me gusta la escritura manual. Es el tempo de la poesía. Llevo lápices y lapiceras de toda especie, como si no fuera a encontrar alguno adonde voy. También la computadora, pero poco la utilizo, pues la poesía es casi siempre hija de la mano artesanal. En los viajes van conmigo también algunos libros, pero siempre viajo con la idea de encontrar libros nuevos.

Realmente mi vida aquí en Malmö es un viaje también. Somos siempre viajeros del Universo, ¿o no?

 

Hábleme de las editoriales y las revistas, dirigirlas, colaborar en ellas..  creo que es una de sus ideas recurrentes…

Desde mi juventud he estado participando en proyectos de revistas y editoriales, y aún no se me cura ese acné... Es una manera de entrar y salir de la “profesión” y dar espacio a otros poetas y conocerlos; un modo de compartir la alegría del oficio. Me parece una inquietud normal en todo poeta que desee desarrollarse. El ostracismo artístico es muy aburrido. En Suecia, en los ochenta, necesitábamos un vehículo de este tipo, y llegamos a reunirnos los exiliados y algunos suecos en torno a esa revista bilingüe que se llamó Saltomortal, y a una editorial que se llamó Siesta. Ahora mismo estoy proyectando una nueva editorial, que se llamará ediciones encuentros imaginarios. Comenzará su actividad este año, no le quepa duda.

 
¿Cuáles cree que hoy son las mayores dificultades para un escritor? ¿Y frente a los lectores, qué debe esperar?

Debe esperar que los lectores lean, como siempre ha sido. La mayor dificultad es vivir en esta época de transición del papel a lo electrónico y descubrir los nuevos soportes, los nuevos géneros que nacen. El acto de lectura sigue siendo lo esencial. Por esto, el escritor debería ser consciente del hecho de la muerte progresiva del libro de papel e iniciarse en los nuevos caminos que van apareciendo. Muchos dudan, consideran que el libro no desaparecerá...Cuando los libros dejaron de hacerse a mano y apareció la imprenta, también los escritores habrán dudado; pero no duró mucho esa duda.

Mi primer contacto con Suecia fue a través de «Nils Holgerssons Underbara Resa Genom Sverige», que leí cuando tenía como 8 años en una edición ilustrada moderadamente con un mapa que siempre abría y seguía, antes de dormir, desde Vemmenhög hasta el Norbotten (a vuelo de oca). Recientemente me enteré que también había impresionado de niño al Nobel japonés Oé Kenzaburo. ¿Cuál fue el primer contacto literario que tuviste con Suecia?

Creo que fue Strindberg. Un escritor enorme, plurifacético, que aún no ha sido descubierto en español... Lo conocí en Montevideo, en una puesta en escena de Fröken Julie (“La señorita Julia”) y me fascinó de inmediato; además fue un gran éxito y estuvo mucho tiempo en cartelera.

¿Se atrevería a mencionar a un escritor hispanoamericano que llame la atención en este momento de la Academia Sueca?

Imposible, porque la Academia es un coto tan cerrado como una agencia de inteligencia. Nadie sabe NADA de lo que se piensa allí dentro. Hay nominaciones, pero a menudo desorientan al público. El resultado final es que los que reciben el premio Nobel resulta una sorpresa para casi todos.

¿Por qué cree que hay tan pocos escritores latinoamericanos galardonados con el Premio Nobel? ¿Cree que tenga algo que ver que nuestra literatura, como sentenció V.S. Naipaul hace unos años, “ha perdido todo interés”?

La Academia se propone la tarea imposible de cumplir con la literatura universal... pero termina siempre premiando a los escritores que tocan temas “actuales”, “vigentes”. En el fondo, casi todos sus premios Nobel tienen un claro carácter político-humanístico, cosa que desvirtúa bastante su valor literario.

 ¿Admira a Borges? Muchos lo han criticado por haberse alejado de la realidad en su prosa y sus poemas, dándoles un carácter de “fantasiosos” e “ilusorios”… ¿Qué cree significativo de esa supuesta “fantasía” o “ilusión”?

Borges es un gran escritor de ciencia ficción; eso lo entendieron enseguida los anglosajones. Leído desde esa perspectiva, no hay ninguna “fantasía” que no sea válida en su escritura. Su inspiración se hunde en las utopías de todos los tiempos, fruto de nuestra insatisfacción y ansiedad milenarias. Su relato La biblioteca de Babel es una premonición asombrosa del mundo digital que vivimos hoy. Por otra parte, Borges decepcionó a muchos de sus lectores cuando aceptó ser condecorado por un dictador como Augusto Pinochet. Ese hecho enrareció indudablemente la atmósfera en torno a su obra. Es una paradoja más de este escritor controversial e irreverente.

 ¿Le gustaría publicar en Colombia? ¿Por qué?

Por supuesto. Ya he publicado Un río de pájaros, hace más de tres años.  Por supuesto que desearía publicar otro. Y muchos más...

 

Le pregunto, porque he comentado que en algunas librerías del mundo lo clasifican como “poeta colombiano” en sus catálogos. ¿Cree que esto se deba a la publicación bajo la Colección Acanto en Colombia del poemario Un río de pájaros?

Me encanta la confusión, la siento como un halago. De algún modo, soy colombiano. Como también soy chileno o venezolano. Y por supuesto, sueco.

 

Si escribiera un poema colombiano, o un poema-vallenato, ¿qué cree que no podría faltar?

¡Ya lo he escrito! Tengo un libro entero escrito en Colombia hace un par de años. El manuscrito está descansando. Todavía no quiero adelantar nada. Lo que no podría faltar en ese poema-vallenato sería el erotismo que se respira en la vida cotidiana de Colombia.

 
¿Ha enseñado poesía? ¿Qué tal ha sido esa experiencia?

He dirigido talleres en mi estadía en Chile, en el fin del siglo pasado. Una experiencia fascinante, profunda, enriquecedora, que deseo repetir. Ahora mismo preparo un Taller itinerante de escritura creativa y de arte de la traducción.

 

Juan Gelman es el nuevo premio Cervantes. ¿Algún comentario sobre Gelman, quien muchos consideran el poeta vivo más importante del Sur?

La obra de Gelman influyó en mi trabajo de juventud, sin dudas. Sobre todo sus primeros poemarios. Gotán es un libro fundador de la lírica rioplatense. Introdujo la influencia de la poesía norteamericana en nuestra región.
Juan Gelman, por otra parte, es la prueba viviente de la utilidad de la poesía y los poetas: ¡para rescatar los valores y velar por los derechos humanos! La gestión de Juan Gelman por su nuera uruguaya frente al gobierno de Uruguay hizo posible que dos EX PRESIDENTES DE LA dictadura y otros funcionarios estén hoy entre rejas, siendo procesados por genocidio... El que logró esto no es un político ni un diplomático: ¡es un poeta!