Con
Roberto Mascaró
“LA POESIA URUGUAYA TIENE UN PERFIL BORROSO”
Roberto Mascaró es uno de los pocos poetas uruguayos cuyo sello
absolutamente personal lo desmarca del resto. Esas señas sin
embargo no lo ciñen a una matriz. Recorrer sus libros es una
experiencia más que demostrativa de que es posible encontrar
un Mascaró diferente detrás de cada cubierta.
“De alguna manera uno siempre está escribiendo el mismo
texto, pero cambiar de ángulo renueva la energía, la
comunicación con el lector, los temas, el lenguaje mismo, el
movimiento de la vida.”
Fundador en 1974 de la revista Nexo (prohibida por la dictadura militar),
cursó estudios de literatura, antropología social y
estética. En 1978 viajó a Suecia. Allí fundó
la revista Saltomortal y la editorial Siesta, que sigue activa en
la actualidad. Ocasionalmente ha trabajado con la imagen, dentro del
formato video y ha traducido poesía sueca y noruega. Desde
su partida ya nunca regresó al país, salvo por sus ocasionales
visitas y por aquella estadía de casi un año durante
1993.
EL
RETORNO INEVITABLE
--¿Viajás
tan seguido a Uruguay o es una casualidad que en diciembre hayas participado
en las Tertulias Lunáticas y ahora regreses nuevamente?
--He viajado a Uruguay con diferentes frecuencias desde el 85 hasta
ahora. En esta oportunidad vine a Chile para presentar mi versión
castellana del último libro de Tomas Tranströmer y como
dicha presentación se pospuso para enero, decidí quedarme
en Montevideo y participar en las Tertulias Lunáticas en el
Cabildo. Había estado 5 años sin venir a América
Latina, lo que también cambia la impresión, la vivencia
de los países y su gente. Por eso esta estadía tiene
algo de especial porque de alguna manera agotó mis espectativas
respecto a Uruguay y completó la imagen de lo que es éste
país para mí.
--Tu decisión de quedarte en Suecia todos estos años
mientras el resto de los exiliados volvía al país, ¿está
relacionada con esa imagen que ahora se completa?
--Creo que está relacionado con un proceso de madurez. En mi,
el movimiento de retorno se ha dado en diferentes etapas. El retorno
es un poco inevitable para cualquier escritor porque los escritores
viven nada más que del lenguaje y a pesar de que uno pueda
hacer experiencias interlingüísticas interesantes, a pesar
de que uno pueda practicar el bilingüismo, la vuelta a la raíz
de la propia lengua es muy importante. En este regreso mío
se están dando matices raros porque es muy probable que yo
retorne a América Latina pero no a Uruguay. La idea de establecerme
aquí siempre ha sido un deseo, una posibilidad abierta que
a su vez dependía de una serie de factores que no se daban
y complicaban la venida pero curiosamente, hay un país al que
yo me siento muy unido que es Chile, y que es donde planeo vivir a
partir de junio de este año. Mis afinidades con Chile no solamente
son con su poesía sino con su gente y con sus costumbres, aprendidas
en Suecia primero donde la mayoría de los exiliados eran chilenos
y luego, en los viajes que realicé al Chile territorial.
--¿Qué encontraste en Chile?
--Lo primero que encontré es una mujer que quiere que me quede
a vivir con ella, y en estos casos, para mí, decide el corazón.
Además, volví a encontrar la maravillosa hospitalidad
de los chilenos, encontré un país cuya riqueza de hablas
y su manera de encarar el hecho escritural ha alentado el surgimiento
continuado de poetas y la aparición de talentos que confirman
la vitalidad que tiene la poesía trasandina. Una vitalidad
que va mucho más allá de los éxitos de librería,
de la edición, del palmoteo de los colegas y se convierte en
una realidad viva, en algo sagrado. En parte porque los indígenas
chilenos utilizan la palabra de una manera mágica y en parte
porque el siglo veinte l otorgó una tradición de poesía
fantástica que convocó en ese país sin que nadie
supiera bien por qué, a poetas como Huidobro, Neruda, Pablo
De Rokha, Gabriela Mistral, Eduardo Anguita, Jorge Teillier, para
nombrar sólo a los mayores de edad: todo un manantial que baja
de los Andes hacia el Pacífico.
--¿Por qué Uruguay no es un país como para volver?
--Yo hablo de mi caso personal, que es único, como pasa con
todas las personas. Si volviese a uruguay, volvería a mi ciudad
natal, Montevideo. En Montevideo tienes una serie de ventajas como
la cercanía con los amigos pero se me ha hecho una ciudad bastante
insufrible desde el punto de vista de las comunicaciones, con la eterna
y absurda lentitud de los ómnibus (famosa en el exterior),
las dificultades de traslado, de la obligación de tener un
auto para tener una cierta comodidad, los precios abusivos de todo,
las dificultades para estacionar el auto, el absoluto imperio de la
basura física, sonora, olfativa (¡basta pasear cien metros
al borde del arroyo Miguelete!), de la falta de respeto por el vecino.
Todo eso me resulta bastante cansador. Tendría que vivir en
un barrio apartado. Una ciudad del Sur como Puerto Montt en cambio,
tiene la ventaja de que es pequeña, tiene todo lo que uno puede
pedirle a una ciudad y no es necesario vivir en el centro para estar
cerca de todos los lugares. Elijo un nuevo exilio, esta vez voluntario,
para descubrir una cultura muy fascinante para mí. De cualquier
manera, quedarme en Chile es como quedarme en Uruguay, está
cerca, es como retornar...
EVENTOS
--Ese fenómeno
de reunir poetas en un evento como las Tertulias Lunáticas,
¿se da en otras partes del mundo?
--Por supuesto y lo que se ha hecho aquí es un modelo internacional
de festival que ya es una tradición en muchos países.
En América por ejemplo, el Festival de Medellín reúne
miles de espectadores de poesía y representantes de todos los
países de América, Europa, África, Asia y Oceanía,
que realizan lecturas maratónicas. En México, Venezuela,
Costa Rica y Argentina se realizan festivales. Vengo ahora del Festival
Arcoiris de Poesía que se realiza en Puerto Montt, donde fui
el único poeta oriental.
--¿Cómo llegaste allí?
--Debido a la publicación en Chile del libro de Tomas Tranströmer
Góndola fúnebre que yo traduje al castellano. La casa
editorial me extendió una invitación para participar
en el festival y en la Feria del libro y allí, además
de leer los poemas de Tranströmer, tuve la oportunidad de presentar
algunos textos de mi libro más reciente, Campo abierto.
--¿Cómo se sostiene dicho festival?
--Creo que tiene un mínimo apoyo de la Municipalidad, de la
Universidad de Los Lagos (que tiene su aula magna vacía todo
el verano y por lo tanto no pierde nada en prestársela a Arcoiris)
y en esta oportunidad de la firma Coca cola y un hotel importante
de la ciudad. Con eso y con mucha buena voluntad armaron todo año
a año, ¡y hace diecinueve años que lo hacen! Comenzó
en plena dictadura pinochetista. Creo que mi presencia allí
despertó el interés de invitar a otros poetas uruguayos
durante el próximo año.
--¿Son más de los apoyos que se podrían conseguir
acá o pensás que en Uruguay los sostenes faltan porque
no se salen a buscar?
--Me parece que no hay una mentalización dirigida hacia dichos
apoyos. El poeta puertomontino Nelson Navarro, que es el fundador
de Arcoiris, trabaja lenta y pacientemente todo el año junto
a dos o tres colaboradores para que esto se realice durante tres o
cuatro días con un resultado satisfactorio, mostrando como
cosas aparentemente complicadas y que no cuestan mucho dinero pueden
resolverse con imaginación y persistencia.
--¿Falta trabajo e imaginación en Uruguay?
--Creo que lo que falta es una buena disposición, una persistencia
y un respeto ritual hacia la poesía. Porque si la poesía
no enciende las almas, si no hay quien se juegue por la poesía
en el momento necesario... Si uno piensa que en todo Chile hay decenas
de estos eventos de poesía en el año, se da cuenta que
lo que sucede en Uruguay es nada y que lo mínimo que podemos
hacer es realizar las Tertulias todos los años. Que no sea
un hecho puntual, un verdadero homenaje a ese padre de excelso estilo,
original, bizarro, jugado, que fue Julio Herrera y Reissig. Ya que
fue ignorado en vida, me parece un deber elemental que el homenaje
se convierta en una constante y que en lo posible, se asegure la presencia
de poetas de otras latitudes. Instaurar el premio de poesía
bajo el nombre de este poeta nuestro podría ser otra tarea...
CALLEJON SIN SALIDA
--En el Cabildo
se reunieron voces tan diversas que en ocasiones dejó la sensación
que el vuelo poético estaba ausente. ¿La necesaria diversidad
se puede permitir no poner una frontera límite?
--En mi opinión tenemos que ser ecuánimes y permitir
la diversidad, la indefinida libertad de corrientes literarias, de
estilos, de opciones. En las Tertulias Lunáticas se ha sido
generoso, amplio, porque leyó gente que está trabajando
en talleres literarios pero también gente muy conocida, con
una trayectoria muy larga y muy estimada por la crítica. Yo
le he rogado a Helena Corbellini que siga haciéndolo año
a año. Ella, como mucha gente que hace cosas importantes en
Uruguay, no tiene conciencia real de lo que significaron estas Tertulias.
¡Y ha sido el primer año! Está bien que en las
Tertulias el lector pueda elegir lo que quiere escuchar, las diversas
tonadas, pero también es cierto que la poesía uruguaya,
a causa tal vez de la falta de crítica y de editores entusiastas,
padece la ausencia de movimientos y de dirección poética
que es algo que la dinamiza y la vivifica. También me parecerían
válidos otros festivales o encuentros en los que se reafirme
ciertas líneas estéticas, ciertas poéticas equis.
En Uruguay hay ciertas líneas, ciertos críticos que
han señalado tendencias pero no hay aquel fervor que puede
tener un país con movimientos literarios. Da la impresión
de que los movimientos literarios, las llamadas vanguardias y los
manifiestos ya no circulan.
--¿Sólo aquí o es un fenómeno mundial?
--Sucede a nivel mundial claro, pero me parece que en el caso de Uruguay
la escritura de poesía de los últimos años tiene
como característica una gran dispersión, incluso geográfica,
una gran diversidad de estilos y de estilos a medias. La poesía
uruguaya tiene un perfil borroso... Cuando alguien dice poesía
nadie sabe bien si se refiere a la poesía de Juan Cunha o a
la de Juana de Ibarbourou o a la de Zorrilla de San Martín
o a la de Antolín. Hay una evidente falta de crítica.
En otros países puede existir la diversidad , la pluralidad
y la cosa borrosa de un panorama literario difícil de interpretar
pero siempre hay algún crítico que no es poeta él
mismo, que hila fino y dice “aquí hay una tendencia,
aquí hay otra” o “esto no sirve para nada porque
ya se hizo, ya pasó”. Aquí parece que eso no sucede
porque por ejemplo, se sigue hablando de que Benedetti es un gran
poeta. Si medimos la grandeza o la agudeza de un escritor por lo que
vende, a mi me parece que estamos en un callejón sin salida.
Justamente la función del crítico es discernir en esa
trama del mercado que siempre es engañosa, los valores artísticos
verdaderos del oficio, encontrar el vigor, las cosas que hay para
decir, todo lo que puede dar trascendencia, permanencia y validez
a un texto.
--¿No es el gusto popular entonces el que determina lo que
es bueno y lo que es malo?
--Sucede que cuando una mercancía alcanza un prestigio como
un libro de Benedetti (que ya se ha transformado en una especie de
logotipo, como Ford), no solamente se lo compra para leer sino que
se lo compra para tener , se lo compra para regalar y se lo compra
por comprar. Medir por las cifras de ventas nos lleva a un resultado
falso. Igual que medir por niveles de venta las novelas de Juan Carlos
Onetti, porque lo cierto es que seguramente vende poco, porque no
es un escritor fácil, pero sus novelas las leyeron muchos más
de los que las compraron, porque sus novelas circulan, se prestan,
se discuten, provocan, se roban. Me parece que la función del
crítico es ir más allá de las supuestas cifras
que muestra el mercado y encontrar allí la validez de un gesto
estético porque en el fondo se trata de eso. La literatura
es estética. No se puede ver desde el punto de vista social
o funcional o testimonial sino que debe ser estudiado por una disciplina
como la estética a pesar de las complicaciones que conlleva
una doctrina donde se vinculan la filosofía y una tradición
dentro de la cual se trata de establecer pautas de belleza.
--Frente a la falta de crítica y la ausencia de editoriales,
¿cómo hace el poeta joven para saber si su obra es publicable
o no?
--Ese es un problema grave porque los escritores en todas partes del
mundo dependen del aparato editorial, dependen del lector ideal que
es el crítico. Tiene que haber una interacción de manera
que el editor y el crítico se acerquen al escritor y viceversa;
que se dé un viaje de ida y vuelta que culmina en la publicación.
En esto, la crítica juega un papel importante de selección
y ubicación. Eso en Uruguay desde que me conozco nunca lo he
visto funcionar y pienso que las mejores ediciones de poesía
que se han hecho han sido impulsadas e incluso financiadas por los
propios autores. Los propios poetas tienen que oficiar a menudo de
críticos, lo que produce una dificultad ética que no
tiene un buen aspecto... Me acuerdo del chiste ese de que “el
cine uruguayo siempre está comenzando” porque me parece
que con la poesía sucede lo mismo.
EL
FLUIR DEL TEXTO
--Tu primer libro,
Estacionario (1983) te sitúa como un escritor tardío
al menos en lo que tiene que ver con la edición.
--Yo soy un caso raro (aunque en este país hay muchos casos
raros) porque edité pasados los treinta aunque eso se debió
a que no hice una cantidad de cosas que debía hacer en su momento
dado que en el año 1973 el país cambió hacia
una dictadura militar, hacia una censura estricta, hacia un terror
desatado contra muchos sectores de gente. Los que éramos jóvenes
en esa época, no tuvimos juventud, tuvimos una pesadilla. Entonces
yo escribía pero no publicaba. A su vez los editores no editaban
poesía porque estaban presos, en el exilio, perseguidos, controlados,
y también estaban los famosos argumentos de que la poesía
no vende. Ante esta situación tuve que esperar el momento,
acumular conocimientos, técnica y publicar tardíamente.
Mi segundo libro tiene en parte, material compuesto en 1973 (Chatarra)
y que yo había conservado.
--En general tu poesía ha sido breve y concentrada pero en
tu último libro publicado aquí (Gueto, 1991) aparece
una necesidad de expansión, una veta más narrativa.
--En Gueto hay un cambio hacia el tratamiento de situaciones que podría
llamar como fragmentos de ficción donde la poesía se
apoya principalmente en el manejo de ciertos falsos mitos, leyendas,
equívocos e improbables. Pero el cambio principal está
ante todo en la elección de la prosa. Por períodos prefiero
la concentración y la brevedad, pero la seducción de
un texto que fluye como un río con pasajes por diferentes zonas
y escollos me seduce aún más. Con los años me
ha ido seduciendo más el texto de cierta extensión.
Porque también está lo mínimo y el instante pero
enmarcado en un transcurrir, en una especie de escritura catarata.
Es maravilloso dejarse llevar por eso que algunos dicen que no existe,
la inspiración. Para mí la poesía, después
de la experiencia religiosa, es el viaje más bello.
--¿En Campo abierto seguís esa línea narrativa
de tu libro anterior?
-- Este libro es parte de un conjunto más grande que quisiera
editar que se llama Campo de fuego y que se divide en varias secciones.
Yo no lo considero “narrativa” pero de alguna manera con
los tiempos que se manejan, con los personajes que pasan por la vista,
se vuelve un poco un embrión de narración de algo que
sucede, que está sucediendo. Hay como una frontera muy leve
entre poesía y narración, un difícil equilibrio.
¿Hasta qué punto hay contemplación o instante
y hasta qué punto ese instante se vuelve un movimiento en el
tiempo casi imperceptible? Campo abierto es un texto absolutamente
nuevo para mí que está compuesto por cortes, pegaduras,
collage , montaje y pastiche de diferentes hablas, que de alguna manera
se coagulan en una especie de relato trunco, oscuro, un poco chamánico
y donde la palabra quiere ser usada de una manera ritual. Creo que
gana mucho cuando es leído en voz alta. También incluye
un criptograma que nadie parece haber descifrado hasta ahora; pero
nunca se sabe. El libro ya está distribuido y agotado y yo
no conozco el mundo de cada lector...
--Hay escritores que se reiteran a sí mismos en lo formal.
No parece ser tu caso.
--Cada vez que escribo un poema o cada vez que organizo un libro parto
un poco de ese que fue el lema heraclitano de mi querido amigo Ernesto
Cristiani, fundador de la poesía conceptual en Uruguay, absolutamente
ignorado por crítica, lectores y editores, que me entregó
su llama de pasión cuando yo era un joven desencantado y semisuicida:
“recomenzar siempre”. Esa es la poesía vivida con
la libertad infinita de buscar nuevas costas, de cambiar de ángulos;
la poesía como una especie de revolución permanente.
TRANSTRÖMER Y LA POESIA SUECA
--Ya habías
traducido antes a Transtörmer, ¿por qué tu interés
en él?
--Me parece un poeta absolutamente fascinante. Es un escritor muy
valorado por su originalidad, por su manera de ser un místico
moderno válido para multitudes. Sin ser un best-seller sus
libros se venden al extremo de que al mes de salir Góndola
fúnebre, logró ubicarse número uno en las listas
de ventas de toda Suecia.
--¿Es un caso de coincidencia entre nivel de ventas y calidad
poética?
--Sí, en el caso de Trantrömer creo que esos elementos
confluyen porque la suya no es una poesía fácil. Es
un poco un ejemplo de cómo una poesía difícil
puede transformarse en fácil no para un público muy
masivo pero sí considerable.
--¿En Suecia entonces hay un público de poesía
considerable?
--Exactamente. Sino el fenómeno Tranströmer no sería
posible.
Leonardo Scampini
(El País
Cultural, Montevideo, 2000)
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