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Montevideo, 28 de setiembre de 2000 - 18:16 hs

Entrevista con el poeta uruguayo Roberto Mascaró
Metapoético on the road

El poeta uruguayo Roberto Mascaró, que actualmente reside en el sur chileno, presentó en la Feria su último poemario, titulado “Campo de Fuego”.




Habiendo publicado la mayor parte de su obra poética en Estocolmo (Suecia), ciudad donde vivió largos años como exiliado, y siendo uno de los principales autores de la generación de la posdictadura, resultaba ineludible entrevistarlo para este especial de Terra. Pero esta vez la entrevista no transcurrió en los salones del Latu, sino a bordo de un auto (del poeta y periodista Aldo Mazzuchelli) minutos antes que leyera en público en la Sala Juan Cunha.

¿Es posible la poesía en estos tiempos, entrando al siglo XXI? No son pocos quienes la niegan ni tampoco los que la asumen como una tarea artística casi militante…
La poesía, para mí, es un fenómeno, un acontecer inevitable. La poesía es una realidad, y la manera de recogerla va variando de acuerdo a las épocas y a la propia historia. Sé que hay poetas que han optado por no escribir más; algunos porque dicen que la poesía se da sin necesidad de escritura y otros porque se da en otra forma de significar que no es precisamente la escritura: a través de la imagen, del cine o de manipulación de otros discursos que no son el lenguaje tradicional. Pero esos que son antipoetas o no poetas, siempre reconocen que de la poesía, o sea del juego de las corrpespondencias, del juego de las metáforas, no podemos escapar. Por eso digo que sigue siendo una realidad. Estoy hablando de la poesía como fenómeno, no en el sentido del mercado, de las editoriales o de todo ese tema barato de que la poesía no se vende. A mí esa discusión no me interesa. Porque me parece que un carpintero, en una situación de paro, sigue siendo carpintero, y no va a cambiar si tiene verdaderamente una pasión por su oficio o porque no esté de moda ser carpintero.

En los textos de “Campo de fuego” se observa un cuidadoso trabajo con la palabra, sobre todo en la sonoridad, en el ritmo y en manejos que tienen que ver con el neobarroco. ¿Te adscribís a esa corriente?
No. Siempre digo que tengo deuda con todos los movimientos de poesía y con todos los grandes poetas que he podido leer y conocer. El neobarroco me parece una tendencia muy interesante, formulado desde la perspectiva de algunos teóricos como Lezama Lima, quien ha sido muy fecundo en su herencia. Lo que te digo es que me cuesta mucho colocarme a mí mismo en una tendencia, en una corriente. A mí me interesan la palabra, la sonoridad, el juego lúdico del sonido. Sí me parece que una poesía que relata, que expresa deseos, no es lo mío, aunque reconozco que hay escelentes poetas como Pessoa, por ejemplo, que escribieron largos discursos sobre la realidad, en los que hay mucho de discurso filosófico, que me interesan muchísimo.
Se me ocurre que en esa historias de la infancia que aparecen en la primera parte de tu libro hay una poesía casi narrativa...Claro, incluso no sé hasta qué punto son o no poesía. En esos textos no hay mucha metáfora; hay más bien efusión y los siento más que nada como un estado de ánimo.

¿Cuál es el valor actual de la palabra en el mundo contemporáneo?
¿El valor de la palabra?... Es un momento muy difícil el que estamos viviendo. No sé... Nos seguimos comunicando a través de palabras, indudablemente, y también a través de imágenes y de metáforas... Siento que es casi imposible salir de allí. Claro, es posible que el futuro de la comunicación se reduzca a otro tipo de gestos.

¿Percibís un vaciamiento de la ‘palabra’, del discurso, ante tanta sobredosis de información?
Es curioso, porque a mí me parece que el lenguaje de alguna manera se vacía y se vuelve a llenar, se vacía y se vuelve a llenar. Tal vez llegue un momento en que ese desgaste sea terminal y la palabra ya no sirva.
Hace veinte años se pronosticaba el fin del libro, un gran error en que incurrieron muchos teóricos.

¿Cómo ves a la poesía enfrentada hoy al dilema de Internet?
Mirá, yo te diría que todo eso de la muerte del arte, de la muerte de la literatura, ya los dadaístas a principios del siglo XX planteaban de alguna manera matar la forma y cagarse en todo. Pero son como periodos, momentos del arte en que se vacían los significados. Es como te digo, por razones bastante complejas después se vuelven a llenar, se vuelve a la significación. Ahora, por ejemplo, hay un discurso filosófico muy intenso, muy fluído, y nadie duda de que esa palabra tenga un significado. Eso contradice un poco de lo de la muerte de la palabra. En cuanto a Internet, me parece que la sociedad informática genera nuevos soportes que van apareciendo, pero el discurso sigue siendo el mismo.

Y siempre presente la palabra...
Sí, aunque esa palabra electrónica no sea la misma palabra del papel. Lo que yo estoy escribiendo, por ejemplo ‘Campo abierto’, que está en la última parte del libro, no lo hubiera podido hacer a mano. Sobre todo por el montaje de textos que hice utilizando la modalidad del cortado y pegado, con ese instrumento tan simple y práctico que tiene cualquier procesdador de texto.

Volviendo a Internet, ¿qué pensás de la aparición de portales de difusión de poesía como Civiles Iletrados, en el que precisamente hay textos tuyos publicados?
Para mí es un gran misterio quién lee esos textos, ¿no? En mi caso todavía no he llegado a abrir un sitio personal, a jugar más con la red, a aprovechar todos los recursos que te puede dar. Publicar en Civiles es nada más que poner un texto, que puede ser impreso o leído en la pantalla; eso de alguna manera no es más que un sustituto del libro.

¿Cuál es tu visión de la poesía uruguaya actual?
Me parece que la poesía uruguaya no tiene un perfil claro; hay distintas vertientes, distintos grupúsculos, pero falta una crítica de poesía seria. En Uruguay los mejores críticos son poetas y eso no los invalida, pero no se dedican a eso. Faltan los críticos distanciados, que vean a la poesía como su objeto de estudio. Veo sí que hay figuras importantes que no son valoradas, que no se las coloca en su lugar...

El caso de...
Marosa Di Giorgio, por ejemplo, es una figura importante que no ha sido correctamente ubicada por una crítica seria. Marcelo Pareja es un poeta sumergido, quien por diferentes razones, no está ‘acompañado’ por un crítico que haya estado respondiendo a su obra. También le pasa algo similar a Roberto Echavarren, a pesar de que él es un poeta reconocido y publicado en distintos países. Porque en definitiva los lectores de poesía siguen siendo un círculo muy reducido... Lo que siento es que en Uruguay falta una alegría por la poesía que sí encuentro en Chile, falta una naturalidad en el contacto del poeta con su público. Falta ese contacto, que puede ser también esquizofrénico, lleno de discusiones y cuestionamientos, de negaciones tal vez, pero que hacen que sea una relación más viva. Hace muy poco tiempo que estoy viviendo en Chile, pero he notado esa empatía entre el público y el poeta que en Uruguay es muy difícil de conseguir.

¿Estás dedicado totalmente a la poesía en Chile?
Sí, estoy haciendo un taller, y también escribiendo algunas notas para Insomnia... Estoy en el sur, en la región de los lagos, en la ciudad de Puerto Montt. Es una zona muy especial, que tiene una conexión con las islas, con el archipiélago de Chiloé y con el Sur de América, que para los uruguayos es una región bastante inexplorada. Allí se fusiona la cultura alemana y la mapuche con la española. Es una mezcla muy especial.

¿Volverías a vivir en Uruguay?
No lo sé, la verdad que no lo sé. Por momentos pienso que no volvería nunca a vivir en Uruguay, y por momentos pienso que los sitios donde uno está... No sé, con Internet y con la velocidad de la información, nuestro lugar en el mundo como que se ha relativizado. Viajar a Europa o a Estados Unidos tiene en este tiempo otro valor. En eso sí que la sociedad informática nos ha cambiado, y no solo a la poesía, ha cambiado nuestras vidas, nuestra forma de pensar, de vivir, de amar, de odiar, todo… Hoy los fantasmas son otros.

Nunca imaginé que dirigieras un taller de poesía...
Ni yo tampoco... Un taller es para mí un gran misterio... porque cómo uno puede permitir la heterogeneidad de los participantes, la libertad de estilos, de lecturas, y al mismo tiempo dar una orientación. Siempre estás en ese límite de influir demasiado en lo que uno es o no decir nada, que también perjudicaría el funcionamiento del taller. En mi taller trabajo en torno a los modelos, a los estilos literarios…

Volviendo a tu libro, “Campo de Fuego”... siento que está dividido en tres partes bien diferenciadas.
La primera parte se llama ‘Campo de juego’, y son parodias de relatos de infancia, a través de fragmentos autobiográficos. La segunda parte, ‘Campo de fuego’, va más por el lado de cierto reflejo de la experiencia erótica, del cuerpo. Y la tercera cierra un poco el poemario, ‘Campo abierto’... ese texto ya había sido publicado.

El que más me llamó la atención es que dedicaras un texto a José Nazzazi...
Sí, ‘El arco de Nazzazi’... Tengo el proyecto de hacerlo en Bulevar Artigas y Monte Caeros: un arco de fútbol gigantesco por donde pasen los autos. Que sea una especie de ‘Arco de Triunfo’ pero homenajeando a un arco de fútbol.

Y que sea violado permanentemente...
Claro. Lo que todavía no tengo resuelto es cómo voy a hacer la red. Mazzuchelli dice que bien podría ser con luces láser, para que cada pasada de un auto viole virtualmente esa red. En Bulevar Artigas hay varias intervenciones, incluso una planteada por un grupo de artistas plásticos que finalmente no se llevó a cabo...

¿Qué te llevó a pensar en esa gran avenida?
No lo sé; a mí me gusta mucho la Cruz, me fascina esa sensación de cruce de caminos que se da en esa zona de Montevideo.

¿Sabías que Mario Benedetti, como tantos otros montevideanos, detesta la Cruz?

No, pero me lo imagino.

¿Y tampoco le gustan los shoppings?
Lo del shopping sí que no lo entiendo. Me parece que en Uruguay se ha exagerado bastante, se ha hecho hasta una especie de filosofía antishopping, que es como hacer una filosofía antigarage… Claro que puede ser agobiante, y uno puede sentirse mal por esa forma de consumo tan planificada, pero lo nuevo siempre asusta. Pasó lo mismo cuando apareció el supermercado… o cuando apareció la rueda.

Terra on line/ Gabriel Peveroni