Entrevista
con el poeta uruguayo Roberto Mascaró
Metapoético on the road
El
poeta uruguayo Roberto Mascaró, que actualmente reside en el
sur chileno, presentó en la Feria su último poemario,
titulado “Campo de Fuego”.
Habiendo publicado la mayor parte de su obra poética en Estocolmo
(Suecia), ciudad donde vivió largos años como exiliado,
y siendo uno de los principales autores de la generación de
la posdictadura, resultaba ineludible entrevistarlo para este especial
de Terra. Pero esta vez la entrevista no transcurrió en los
salones del Latu, sino a bordo de un auto (del poeta y periodista
Aldo Mazzuchelli) minutos antes que leyera en público en la
Sala Juan Cunha.
¿Es posible la poesía en estos tiempos, entrando
al siglo XXI? No son pocos quienes la niegan ni tampoco los que la
asumen como una tarea artística casi militante…
La poesía, para mí, es un fenómeno, un acontecer
inevitable. La poesía es una realidad, y la manera de recogerla
va variando de acuerdo a las épocas y a la propia historia.
Sé que hay poetas que han optado por no escribir más;
algunos porque dicen que la poesía se da sin necesidad de escritura
y otros porque se da en otra forma de significar que no es precisamente
la escritura: a través de la imagen, del cine o de manipulación
de otros discursos que no son el lenguaje tradicional. Pero esos que
son antipoetas o no poetas, siempre reconocen que de la poesía,
o sea del juego de las corrpespondencias, del juego de las metáforas,
no podemos escapar. Por eso digo que sigue siendo una realidad. Estoy
hablando de la poesía como fenómeno, no en el sentido
del mercado, de las editoriales o de todo ese tema barato de que la
poesía no se vende. A mí esa discusión no me
interesa. Porque me parece que un carpintero, en una situación
de paro, sigue siendo carpintero, y no va a cambiar si tiene verdaderamente
una pasión por su oficio o porque no esté de moda ser
carpintero.
En los textos de “Campo de fuego” se observa un
cuidadoso trabajo con la palabra, sobre todo en la sonoridad, en el
ritmo y en manejos que tienen que ver con el neobarroco. ¿Te
adscribís a esa corriente?
No. Siempre digo que tengo deuda con todos los movimientos de poesía
y con todos los grandes poetas que he podido leer y conocer. El neobarroco
me parece una tendencia muy interesante, formulado desde la perspectiva
de algunos teóricos como Lezama Lima, quien ha sido muy fecundo
en su herencia. Lo que te digo es que me cuesta mucho colocarme a
mí mismo en una tendencia, en una corriente. A mí me
interesan la palabra, la sonoridad, el juego lúdico del sonido.
Sí me parece que una poesía que relata, que expresa
deseos, no es lo mío, aunque reconozco que hay escelentes poetas
como Pessoa, por ejemplo, que escribieron largos discursos sobre la
realidad, en los que hay mucho de discurso filosófico, que
me interesan muchísimo.
Se me ocurre que en esa historias de la infancia que aparecen en la
primera parte de tu libro hay una poesía casi narrativa...Claro,
incluso no sé hasta qué punto son o no poesía.
En esos textos no hay mucha metáfora; hay más bien efusión
y los siento más que nada como un estado de ánimo.
¿Cuál es el valor actual de la palabra en el
mundo contemporáneo?
¿El valor de la palabra?... Es un momento muy difícil
el que estamos viviendo. No sé... Nos seguimos comunicando
a través de palabras, indudablemente, y también a través
de imágenes y de metáforas... Siento que es casi imposible
salir de allí. Claro, es posible que el futuro de la comunicación
se reduzca a otro tipo de gestos.
¿Percibís un vaciamiento de la ‘palabra’,
del discurso, ante tanta sobredosis de información?
Es curioso, porque a mí me parece que el lenguaje de alguna
manera se vacía y se vuelve a llenar, se vacía y se
vuelve a llenar. Tal vez llegue un momento en que ese desgaste sea
terminal y la palabra ya no sirva.
Hace veinte años se pronosticaba el fin del libro, un gran
error en que incurrieron muchos teóricos.
¿Cómo ves a la poesía enfrentada hoy
al dilema de Internet?
Mirá, yo te diría que todo eso de la muerte del arte,
de la muerte de la literatura, ya los dadaístas a principios
del siglo XX planteaban de alguna manera matar la forma y cagarse
en todo. Pero son como periodos, momentos del arte en que se vacían
los significados. Es como te digo, por razones bastante complejas
después se vuelven a llenar, se vuelve a la significación.
Ahora, por ejemplo, hay un discurso filosófico muy intenso,
muy fluído, y nadie duda de que esa palabra tenga un significado.
Eso contradice un poco de lo de la muerte de la palabra. En cuanto
a Internet, me parece que la sociedad informática genera nuevos
soportes que van apareciendo, pero el discurso sigue siendo el mismo.
Y siempre presente la palabra...
Sí, aunque esa palabra electrónica no sea la misma palabra
del papel. Lo que yo estoy escribiendo, por ejemplo ‘Campo abierto’,
que está en la última parte del libro, no lo hubiera
podido hacer a mano. Sobre todo por el montaje de textos que hice
utilizando la modalidad del cortado y pegado, con ese instrumento
tan simple y práctico que tiene cualquier procesdador de texto.
Volviendo a Internet, ¿qué pensás de
la aparición de portales de difusión de poesía
como Civiles Iletrados, en el que precisamente hay textos tuyos publicados?
Para mí es un gran misterio quién lee esos textos, ¿no?
En mi caso todavía no he llegado a abrir un sitio personal,
a jugar más con la red, a aprovechar todos los recursos que
te puede dar. Publicar en Civiles es nada más que poner un
texto, que puede ser impreso o leído en la pantalla; eso de
alguna manera no es más que un sustituto del libro.
¿Cuál es tu visión de la poesía
uruguaya actual?
Me parece que la poesía uruguaya no tiene un perfil claro;
hay distintas vertientes, distintos grupúsculos, pero falta
una crítica de poesía seria. En Uruguay los mejores
críticos son poetas y eso no los invalida, pero no se dedican
a eso. Faltan los críticos distanciados, que vean a la poesía
como su objeto de estudio. Veo sí que hay figuras importantes
que no son valoradas, que no se las coloca en su lugar...
El caso de...
Marosa Di Giorgio, por ejemplo, es una figura importante que no ha
sido correctamente ubicada por una crítica seria. Marcelo Pareja
es un poeta sumergido, quien por diferentes razones, no está
‘acompañado’ por un crítico que haya estado
respondiendo a su obra. También le pasa algo similar a Roberto
Echavarren, a pesar de que él es un poeta reconocido y publicado
en distintos países. Porque en definitiva los lectores de poesía
siguen siendo un círculo muy reducido... Lo que siento es que
en Uruguay falta una alegría por la poesía que sí
encuentro en Chile, falta una naturalidad en el contacto del poeta
con su público. Falta ese contacto, que puede ser también
esquizofrénico, lleno de discusiones y cuestionamientos, de
negaciones tal vez, pero que hacen que sea una relación más
viva. Hace muy poco tiempo que estoy viviendo en Chile, pero he notado
esa empatía entre el público y el poeta que en Uruguay
es muy difícil de conseguir.
¿Estás dedicado totalmente a la poesía
en Chile?
Sí, estoy haciendo un taller, y también escribiendo
algunas notas para Insomnia... Estoy en el sur, en la región
de los lagos, en la ciudad de Puerto Montt. Es una zona muy especial,
que tiene una conexión con las islas, con el archipiélago
de Chiloé y con el Sur de América, que para los uruguayos
es una región bastante inexplorada. Allí se fusiona
la cultura alemana y la mapuche con la española. Es una mezcla
muy especial.
¿Volverías a vivir en Uruguay?
No lo sé, la verdad que no lo sé. Por momentos pienso
que no volvería nunca a vivir en Uruguay, y por momentos pienso
que los sitios donde uno está... No sé, con Internet
y con la velocidad de la información, nuestro lugar en el mundo
como que se ha relativizado. Viajar a Europa o a Estados Unidos tiene
en este tiempo otro valor. En eso sí que la sociedad informática
nos ha cambiado, y no solo a la poesía, ha cambiado nuestras
vidas, nuestra forma de pensar, de vivir, de amar, de odiar, todo…
Hoy los fantasmas son otros.
Nunca
imaginé que dirigieras un taller de poesía...
Ni yo tampoco... Un taller es para mí un gran misterio... porque
cómo uno puede permitir la heterogeneidad de los participantes,
la libertad de estilos, de lecturas, y al mismo tiempo dar una orientación.
Siempre estás en ese límite de influir demasiado en
lo que uno es o no decir nada, que también perjudicaría
el funcionamiento del taller. En mi taller trabajo en torno a los
modelos, a los estilos literarios…
Volviendo a tu libro, “Campo de Fuego”... siento
que está dividido en tres partes bien diferenciadas.
La primera parte se llama ‘Campo de juego’, y son parodias
de relatos de infancia, a través de fragmentos autobiográficos.
La segunda parte, ‘Campo de fuego’, va más por
el lado de cierto reflejo de la experiencia erótica, del cuerpo.
Y la tercera cierra un poco el poemario, ‘Campo abierto’...
ese texto ya había sido publicado.
El que más me llamó la atención es que
dedicaras un texto a José Nazzazi...
Sí, ‘El arco de Nazzazi’... Tengo el proyecto de
hacerlo en Bulevar Artigas y Monte Caeros: un arco de fútbol
gigantesco por donde pasen los autos. Que sea una especie de ‘Arco
de Triunfo’ pero homenajeando a un arco de fútbol.
Y que sea violado permanentemente...
Claro. Lo que todavía no tengo resuelto es cómo voy
a hacer la red. Mazzuchelli dice que bien podría ser con luces
láser, para que cada pasada de un auto viole virtualmente esa
red. En Bulevar Artigas hay varias intervenciones, incluso una planteada
por un grupo de artistas plásticos que finalmente no se llevó
a cabo...
¿Qué te llevó a pensar en esa gran avenida?
No lo sé; a mí me gusta mucho la Cruz, me fascina esa
sensación de cruce de caminos que se da en esa zona de Montevideo.
¿Sabías que Mario Benedetti, como tantos otros montevideanos,
detesta la Cruz?
No, pero me lo imagino.
¿Y tampoco le gustan los shoppings?
Lo del shopping sí que no lo entiendo. Me parece que en Uruguay
se ha exagerado bastante, se ha hecho hasta una especie de filosofía
antishopping, que es como hacer una filosofía antigarage…
Claro que puede ser agobiante, y uno puede sentirse mal por esa forma
de consumo tan planificada, pero lo nuevo siempre asusta. Pasó
lo mismo cuando apareció el supermercado… o cuando apareció
la rueda.