ÖPPET
FÄLT/ CAMPO ABIERTO, de Roberto Mascaró. Ed. Siesta (bilingüe),
Malmö, Suecia, 1998. 42 págs.
UN CIERTO AIRE MARINO
por Alfredo Fressia
Un poema
en prosa, dividido en dos partes, constituye la más reciente
entrega poética de Roberto Mascaró (n. Montevideo, 1948).
Se trata de Öppet fält/ Campo abierto,
una plaquette que, editada en Suecia, el país donde
reside el autor, exhibe primero la traducción sueca del poema
(págs. 9 a 24), seguida del texto original (págs. 27
a 42). La misma carátula parece priviligiar la versión
traducida, por el orden y el tamaño de los títulos en
cada uno de los idiomas. El detalle podría ser irrelevante
en esta edición publicada en Malmö si el título
general no fuera seguido por esta precisa definición del autor,
a modo de subtítulo: (Criptografía,
injerto, coda, fuga: escrito en aire marino). Para el lector
uruguayo, esto es, el lector del texto original, quien inevitablemente
hojeará la primera parte de la publicación, el vértigo
del discurso en un idioma irreconocible constituye una especie de
intuitiva preparación para la criptografía
(“arte de escribir con clave secreta o de un modo enigmático”)
sobre la que Mascaró construye su poema.
Por otro lado, el doble juego mallarmeano de horror y seducción
frente a la página en blanco subyace en este poema sin “respiro”
tipográfico, presentado como dos bloques, sin división
de parágrafos, sin sangrías, sin puntos. El texto de
Mascaró funciona más bien como una acumulación
idiomática organizada apenas sobre comas y algunos caracteres
tipográficos diferentes (palabras o frases en cursiva, mayúscula
o negrita, que se destacan sobre la masa del idioma en redondas “normales”).
El eco mallarmeano incluido en el subtítulo definitorio es
inequívoco, por su mención de “Brise marine”,
tal vez el más famoso de los poemas de Stéphane Mallarmé,
donde su obsesiva aspiración al “azul”, “l’Azur”,
el “más allá” poético, se traduce
por el llamado del mar (“le chant des matelots”),
al que nada resistiría, ni siquiera la página en blanco
(“ni la clarté déserte de ma lampe/ sur le
vide papier que la blancheur défend”). También
el poema de Mascaró mencionará explícitamente
la “brise marine”, reiterada desde la primera
página en español y en francés. Y también
en francés el poema citará les espaces y le silence
mallarmeanos.
La voluntad explícita de oscurecer el significado pautó
la evolución del poeta de L’Après-midi
d’un Faune, quien de una primera poesía “baudelaireana”
llega al enigma de su obra final, Un coup de dés jamais
n’abolira le hasard, y que oscurceció los textos
de una edición a otra (como el poema “Sainte”,
cuyo primer título, “Sainte Cécile jouant sur
l’aile d’un chérubin”, fue suprimido por
el poeta, por demasiado transparente). Y tampoco en esto la evolución
de la obra de Mascaró es ajena a la mallarmeana. De los poemas
de estacionario (1983), Chatarra/Campos
(1984), Asombros de la nieve (1986), Cruz
del Sur (1987), hasta los textos a menudo herméticos,
eventualmente à clef, de Gueto (1991),
el poeta no sólo fue abandonando el verso como segmento objetivo
de expresión poética, para privilegiar en cambio la
“prosa” tipográfica, sino que oscureció
las relaciones convencionales del significante y el significado, las
palabras y sus sentidos, en una especie de sensual hipertrofia de
la “piel fónica” del idioma, de significados imprevisibles.
MUNDO
EN MOVIMIENTO
Instalado en Suecia desde 1978, traductor y artista multimedial, Mascaró
ha creado una obra signada por la tensión entre el ser uruguayo
y el sueco, el reiterado “trópico” y el polo, la
“Chatarra” (“Uruguay, 1973”) y los
“Campos” (“Suecia, 1983”). Se trata
de una tensión, del ser y del lenguaje, que el poeta comparte
con otros creadores nacionales instalados fuera de fronteras. Es sin
duda un sino de la literatura latinoamericana desde sus orígenes,
y, por la originalidad de los resultados, un lastimado privilegio
del Uruguay ulterior a los años ‘70.
Sin embargo, en Campo abierto la tensión del
ser compartido aparece mitigada, apenas mencionada por la coexistencia
de un reducido universo “sueco” (paisaje, lagos, nombres)
junto a atributos uruguayos más vastos, que van de la música
popular hasta la “fuga” del poema, organizada
sobre una posible e inesperada selección uruguaya de fútbol.
Esta tensión queda citada también por el recurso “criptográfico”
de los caracteres tipográficos diferentes. Son tres momentos
destacados en negrita: “solía ser uruguayo”,
“suele ser sueco” y “también
podría ser japonés o javanés”. Pero
se podría agregar: chileno o balcánico, como la “idea
monstruosa de la tortura” o “las sonrisas de
los pinochetes” que quedan “injertadas” en
el fluencia general del poema.
Porque el motivo del campo, recurrente en la obra de Mascaró,
comparece aquí “abierto”, como el espacio “universal”
que atraviesa los hemisferios y se crea en el movimiento, la danza
que organiza el poema desde su primera línea: “Entonces
vi, me dije vives, te mueves, bailas, cuando bailas es como si bailase
lo otro que no es tú(...)”.
El movimiento, el viaje por este campo abierto, lo contamina todo,
desde el microuniverso del cuerpo hasta el viaje de Colón,
introducido por una paronomasia: “la tibia y el peroné,
la mandíbula y el duodeno, ‘así’, entre
el grueso y el colon, entre ellos, Colón llegando a La Española”.
Pero también las caravelas suscitan otro viaje: “el
gran cosmos de los cosmonautas”, “el mundo girando
en el espacio interestelar, aparte de eso, universal, zodiacal, el
espacio, la gran cancha de pelota de Dios, el frontón colosal
que no tiene fin, negra mía, el resonar del microcosmos en
el macrocosmos”.
BARROCO
Este campo, además, no es de tierra, sino de reiterados
metales (cobre, plutonio, plomo, uranio) y piedras preciosas (turmalina,
topacio, esmeralda, aguamarina, lapislázuli) que actúan
en el poema como multiplicadores de la imagen en movimiento. Se trata
sin duda de un recurso precioso y propio del barroco, en
este poeta que comparte el preciosismo de Mallarmé y que también
cita a otros poetas, como en un hipertexto: el Alvaro de Campos-Pessoa
de “Tabacaria”, o Darío (“mi juventud
montó potro sin freno”), siempre como un eco del
erotismo “triste” de la “Brise marine”: “La
chair est triste, hélas!, et j’ai lu tous les livres”.
Críptico, pero no caótico, este campo en movimiento
gana un relieve nuevo con los recursos tipográficos (casi “hidrográficos”,
porque actúan como ríos conductores del sentido en la
superficie y también en los subterráneos del denso campo
del idioma). El lector atento descubre, por ejemplo, que los segmentos
escritos en mayúsculas (palabras, grupos nominales, frases),
pueden ser leídos como un único poema que, desde las
nubes (“en el interior de un cúmulus nimbus calvus”),
planea sobre el campo y pide: “escucha la palabra,/ escucha
las palabras,/ que nada significan,/ ¿nada significan?”.
Es importante advertir que el barroco precioso de Mascaró vuelve
su idioma casi irreproducible: citar el poema que los segmentos en
mayúscula van componiendo es una pedagógica arbitrariedad,
una licencia necesaria pero que no debe hacer olvidar su equívoca
naturaleza de “versos” incluidos en un discurso también
en perpetuo movimiento, palabras en un viaje del cual el poeta pregunta
el sentido. Mascaró sabe que la poesía es: “sólo
partes, sólo restos, rastros, fragmentos, esquirlas, barajas
sopladas por el viento y esparcidas a la redonda”. Y el
lector que accede a Campo abierto después
de la vertiginosa versión sueca, encuentra en el plurívoco
lenguaje del poema, un “infinito espacio en rotación”,
un puerto cuya belleza conmovedora no convida al refugio sino al viaje,
como el de la “Brise marine” mallarmeana, dirigido al
siempre instigador, y acaso inalcanzable “Azur” del sentido.
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