Textos Publicaciones Traducciones Hoja de vida Performance Contacto Enlaces Critica Revista Encuentro Start
REVISIÓN Y ESCRITURA – Roberto Mascaró y su Campo de fuego

Por Juan Cameron

La palabra es un bolero

“La distancia entre los dos es cada día más larga”, le canta el significante al significado. En cuanto mayor sea ese alejamiento, más significaciones cabrán en este espacio imaginario dentro de la palabra, esa lejanía no mayor a la encontrada entre dos caras de una hoja, como la señalaba Seassure.
Fácil le resultará al lector comprender esto. ¿Quién, de niño, no ha repetido un término hasta perder la significación? Al parecer, antes de desaprender el mundo, el infante tiene enorme conciencia lingüística, aunque es incapaz de expresar el fenómeno en un discurso propio.
Este distanciamiento se acusa en la poesía contemporánea como obra de Mallarmé, en tanto el virtual acercamiento sería obra de otro colega suyo, Apollinaire, quien intenta hacer una a la palabra en tanto forma y significación extremas. A quienes siguen a Mallarmé se les marca de afrancesados, de simbolistas. Como si Apollinaire fuese otro de los anglosajones, campeones también de una poética tanguera, cargada –en el mejor sentido- como la memoria de un perro por las calles del mundo.
La palabra, entonces, es distanciamiento. Pero, más allá de ese quiebre interno, existe un alejamiento mayor entre palabra y la cosa designada por ella en el mundo exterior. Esta nunca será el objeto designado, ni lo cubrirá o explicará en todos sus aspectos. Apenas tocará un barniz de su significación; mas no será aquel. Apenas una metáfora del cuanto le rodea;apenas una metáfora de sí misma, pues hasta estas mismas elucubraciones están hechas en el territorio del lenguaje. Y esto de afuera, la realidad, persiste sin necesidad del registro humano.
Esa es la gran tragedia del hombre: su lenguaje es incompleto; no le sirve para interpretar el mundo.

Poesía es acercamiento

El oficio del poeta (en tanto símil del artista) es registrar esa distancia “cada día más larga”. La llamada poesía moderna, o actual dentro de un grupo social determinado, registra el ejercicio de mirar ese exterior desde el habla a la cual pertenece el escritor. No hay una gran poesía universal en tanto no existe un lenguaje común, un código de connotaciones idéntico para todos los idiomas.
En estos campos pastan los poetas. En aquel se sitúa “Campo de fuego”, el más reciente trabajo, aún inédito, de Roberto Mascaró. El artista uruguayo, así como Isidore Ducasse, el Conde de Lautréamont y Roberto de las Carreras, es montevideano.
Estos originales, firmados entre Estocolmo y Malmö, ciudad donde ahora reside, desde julio del presente año, bien merecen ser tomados por Hiperión o alguna otra excelente casa editora, para difusión y goce de una mayoría. Con más razón ahora, cuando la autoridad cultural sueca, por razones de connotación u otras difíciles de explicar, ha negado fondos a la Editorial Siesta, dirigida por Mascaró, para rehacer sus ya prestigiadas publicaciones.

Campo y unidad

“Campo de fuego” intenta , en su contenido, una visión del individuo, una versión de ese que es él y a la vez metáfora de su especie, ante otro fenómeno inexplicable: la existencia. Su lenguaje bien puede parecer críptico en su interpretación inmediata. Pero avisado el lector de la desgracia humana, ese gran bolero universal, su sentido recobra el real valor de tal discurso.
El orden interno, entonces, se clarifica. Los cinco capítulos recorren desde un planteo original, la cuestión del tiempo y la interrogación sobre lo real en “El arco de Nasazzi”, hasta una revisión e intento de explicación del fenómeno. El resultado es claro; no existe una solución posible y el individuo está condenado a cadena perpetua, a buscar la respuesta unitaria hasta su último instante.
El segundo cuerpo, “Campo de juego”, recoge imágenes de la infancia, en entorno familiar, la educación sentimental, en un marco cuya lectura señala un grupo perteneciente a la calase media uruguaya. Las imágenes se refieren en sensaciones y visiones rescatadas y unidas a través de diversos recursos retóricos, paranomasia, sinécdoque, transposiciones de lenguaje que operan como puentes en la lectura, otorgándole fluidez y, sobre todo, ritmo. El ritmo, aun basado en neologismos, pareciera ser el motivo central en este momento de la escritura de Mascaró. Una cierta concesión a lo lárico, un lejano o leve reflejo sentimental, pareciera escapársele del proyecto central del libro: el absoluto alejamiento del mundo real a registrar, a fin de explorar la escritura en eses campos entre el significante y significado y entre significado y objeto designado en la realidad, referidos con anterioridad.
Sin embargo, los capítulos “Campo de miedo”, donde el individuo crece en el sueño y el terror camino a su realización, y en “Campo de fuego”, en el cual la realización, centrada en lo amoroso, es a la vez detención en el trayecto y la derrota, así como causa del inquirirse por la totalidad del fenómeno, constituyen el sector principal y muestran con mayor certeza la capacidad escritural de Roberto Mascaró.

(Liberación, Malmö, 1995)