Por Juan
Cameron
La
palabra es un bolero
“La
distancia entre los dos es cada día más larga”,
le canta el significante al significado. En cuanto mayor sea ese alejamiento,
más significaciones cabrán en este espacio imaginario
dentro de la palabra, esa lejanía no mayor a la encontrada
entre dos caras de una hoja, como la señalaba Seassure.
Fácil le resultará al lector comprender esto. ¿Quién,
de niño, no ha repetido un término hasta perder la significación?
Al parecer, antes de desaprender el mundo, el infante tiene enorme
conciencia lingüística, aunque es incapaz de expresar
el fenómeno en un discurso propio.
Este distanciamiento se acusa en la poesía contemporánea
como obra de Mallarmé, en tanto el virtual acercamiento sería
obra de otro colega suyo, Apollinaire, quien intenta hacer una a la
palabra en tanto forma y significación extremas. A quienes
siguen a Mallarmé se les marca de afrancesados, de simbolistas.
Como si Apollinaire fuese otro de los anglosajones, campeones también
de una poética tanguera, cargada –en el mejor sentido-
como la memoria de un perro por las calles del mundo.
La palabra, entonces, es distanciamiento. Pero, más allá
de ese quiebre interno, existe un alejamiento mayor entre palabra
y la cosa designada por ella en el mundo exterior. Esta nunca será
el objeto designado, ni lo cubrirá o explicará en todos
sus aspectos. Apenas tocará un barniz de su significación;
mas no será aquel. Apenas una metáfora del cuanto le
rodea;apenas una metáfora de sí misma, pues hasta estas
mismas elucubraciones están hechas en el territorio del lenguaje.
Y esto de afuera, la realidad, persiste sin necesidad del registro
humano.
Esa es la gran tragedia del hombre: su lenguaje es incompleto; no
le sirve para interpretar el mundo.
Poesía
es acercamiento
El oficio
del poeta (en tanto símil del artista) es registrar esa distancia
“cada día más larga”. La llamada poesía
moderna, o actual dentro de un grupo social determinado, registra
el ejercicio de mirar ese exterior desde el habla a la cual pertenece
el escritor. No hay una gran poesía universal en tanto no existe
un lenguaje común, un código de connotaciones idéntico
para todos los idiomas.
En estos campos pastan los poetas. En aquel se sitúa “Campo
de fuego”, el más reciente trabajo, aún inédito,
de Roberto Mascaró. El artista uruguayo, así como Isidore
Ducasse, el Conde de Lautréamont y Roberto de las Carreras,
es montevideano.
Estos originales, firmados entre Estocolmo y Malmö, ciudad donde
ahora reside, desde julio del presente año, bien merecen ser
tomados por Hiperión o alguna otra excelente casa editora,
para difusión y goce de una mayoría. Con más
razón ahora, cuando la autoridad cultural sueca, por razones
de connotación u otras difíciles de explicar, ha negado
fondos a la Editorial Siesta, dirigida por Mascaró, para rehacer
sus ya prestigiadas publicaciones.
Campo
y unidad
“Campo
de fuego” intenta , en su contenido, una visión del individuo,
una versión de ese que es él y a la vez metáfora
de su especie, ante otro fenómeno inexplicable: la existencia.
Su lenguaje bien puede parecer críptico en su interpretación
inmediata. Pero avisado el lector de la desgracia humana, ese gran
bolero universal, su sentido recobra el real valor de tal discurso.
El orden interno, entonces, se clarifica. Los cinco capítulos
recorren desde un planteo original, la cuestión del tiempo
y la interrogación sobre lo real en “El arco de Nasazzi”,
hasta una revisión e intento de explicación del fenómeno.
El resultado es claro; no existe una solución posible y el
individuo está condenado a cadena perpetua, a buscar la respuesta
unitaria hasta su último instante.
El segundo cuerpo, “Campo de juego”, recoge imágenes
de la infancia, en entorno familiar, la educación sentimental,
en un marco cuya lectura señala un grupo perteneciente a la
calase media uruguaya. Las imágenes se refieren en sensaciones
y visiones rescatadas y unidas a través de diversos recursos
retóricos, paranomasia, sinécdoque, transposiciones
de lenguaje que operan como puentes en la lectura, otorgándole
fluidez y, sobre todo, ritmo. El ritmo, aun basado en neologismos,
pareciera ser el motivo central en este momento de la escritura de
Mascaró. Una cierta concesión a lo lárico, un
lejano o leve reflejo sentimental, pareciera escapársele del
proyecto central del libro: el absoluto alejamiento del mundo real
a registrar, a fin de explorar la escritura en eses campos entre el
significante y significado y entre significado y objeto designado
en la realidad, referidos con anterioridad.
Sin embargo, los capítulos “Campo de miedo”, donde
el individuo crece en el sueño y el terror camino a su realización,
y en “Campo de fuego”, en el cual la realización,
centrada en lo amoroso, es a la vez detención en el trayecto
y la derrota, así como causa del inquirirse por la totalidad
del fenómeno, constituyen el sector principal y muestran con
mayor certeza la capacidad escritural de Roberto Mascaró.